Cuentos de un mundo descosido

Cuentos de cuya autoría soy culpable

Vidente

La acusada oye la sentencia con una sonrisa en sus labios. Se abraza con su abogado. Su negocio está a salvo.

Del otro lado, una mujer echa a llorar con desesperación. Su esposo le toma la mano en silencio, demudado y mira a la acusada. Ella lo ignora. Está muy feliz y no le importa nada más.

El tribunal ha sentenciado que el engaño cometido por Mirta Portales es demasiado burdo para suponer una estafa. Que los integrantes de la pareja, Isabel y Mario Sánchez, profesores universitarios ambos, tenían la formación suficiente para saber que la mujer, que se ofrece como vidente y curandera cuántica, no podía curar el cáncer en fase terminal que sufría el pequeño hijo de ambos. Que si los médicos no podían hacer más nada, desliza el tribunal, debieron tomar la noticia con cristiana resignación y no buscar soluciones mágicas.

El máximo tribunal ha hablado y no hay más instancias de apelación. Mirta lo sabe y sonríe satisfecha.

A la salida del tribunal enfrenta a las cámaras con suficiencia. Sabe que está ganando clientes con solo mirar a las mismas. Sus demandantes se han ido, desalentados y en silencio.

Días más tarde llega a su casa, ansiosa por ver a su hijo. La niñera está con él, así que no debe preocuparse, pero de todos modos, lo extraña.

Justo antes de abrir la puerta, suena su teléfono. Es el teléfono de la casa, debe ser la niñera, se dice. Y contesta.

Ya estoy en la puerta, ¿sucede algo?

Si fuera una verdadera vidente y no el fraude que realmente es, sabría la respuesta. Por favor, pase, la puerta está abierta.

Entre sorprendida y asustado, sin reconocer la voz, y preguntándose si se trata de una broma, la mujer abre la puerta (que está sin traba, comprueba) y entra en su casa.

Sentado en un sofá de la sala de estar y apuntándole plácidamente con un revólver, se encuentra un hombre de mediana edad, bien vestido. Mirta tarda unos segundos en darse cuenta de que su visitante es nada menos que Mario Sánchez.

Váyase o llamaré a la policía amenaza la mujer, ya más tranquila.

Olvida que tengo un arma. Y créame, no tengo nada que perder.

¿dónde está mi hijo? pregunta ella, súbitamente asustada.

¿Dónde está el mío? pregunta él, a su vez…

Es un niño, no tiene nada que ver con esto…

Mi hijo también era un niño… yo le prometía que se mejoraría, que todo estaría bien. Usted hizo que le mintiera a mi hijo…

Escuche, entiendo que esté dolido. Pero no ganará nada haciéndome daño a mí o a mi niño. Vuelva a casa con su esposa, consuélela, rehagan su vida. No manche su memoria con un crimen.

El hombre se ríe secamente.

¿ahora es psicóloga? Lo suyo es de una caradurez increíble. Mi hijo está muerto y mi esposa se está dejando morir. No come, no duerme, no habla, no se levanta de la cama y pasa el día entero mirando el techo. Y no la culpo. Yo mismo me siento tentado de hacer lo mismo…

¿dónde está mi hijo?─ insiste ella.

Adivine. Use sus magistrales poderes para averiguarlo─ se burla él─ Si se apura tal vez llegue a tiempo y lo encuentre con vida.

Esto no es un juego─ se enoja ella. En verdad, está muy asustada.

Él se encoge de hombros:

Tampoco fue un juego para mí ver morir a mi hijo y oírla a usted mentir diciendo que en verdad estaba mejorando. Nos dio falsas esperanzas. Usted sabía que hubiéramos pagado todo el oro del mundo si hubiese servido de algo. Y se aprovechó de eso.

No quise hacerles daño, tenga piedad.

¿Y dejarla libre para que le haga lo mismo a otros? Ya está visto que la ley no protege a los inocentes…No se haga ilusiones, si no hubo justicia para mi hijo, no la habrá para nadie.

La policía ha llegado, traída por la niñera, que había logrado escapar cuando el hombre entró en la casa. Desde afuera y con un megáfono, el oficial a cargo ordena al hombre que libere a los rehenes.

Mirta suspira, aliviada. Pero el hombre niega con la cabeza y dispara su arma. Un certero balazo en la cabeza mata a la mujer. Luego dispara su arma contra sí mismo.

Al oír los disparos, la policía entra y encuentra los cadáveres de Mirta y Mario. Busca en toda la casa al niño, pero no lo encuentra.

Horas después repiten el procedimiento en la casa de Mario.El hijo de Mirta no está. Intentan interrogar a Isabel , pero está catatónica y no responde. Nunca se sabrá que pasó con él . Algunas videntes pretenden saber su paradero, pero el caso queda sin resolver…

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2 comentarios

  1. Muy buen relato, lamentablemente no sólo se aplica a naturópatas, homeópatas, videntes y brujos, sino cualquier vendedor de milagros. Sé (por experiencia cercana) que en momentos de desesperación las personas son capaces de agarrarse a un clavo ardiente.

    Me hizo recordar de una discusión que alguna vez tuve con un imbécil que decía que gracias a Dios las pastillas estas obrando maravillas con su jaqueca; cuando días atrás recorría los pasillos del área de oncología instando a los pacientes a que dejen la quimioterapia y pues será Dios quien los salve y no la medicina de los hombres.

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    • Exacto. Terriblemente, personas como esa nunca faltan, y su prédica suele costar vidas…

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