Cuentos de un mundo descosido

Cuentos de cuya autoría soy culpable

La escritora: dolor

Ese día la anciana se despertó sintiendo un dolor terrible. Los médicos se lo habían advertido, pero nada podría haberla preparado para un dolor semejante.
Eva tomó sus medicinas con mucha dificultad, y esperó a que le hicieran efecto.
No quería que nadie la viese en ese estado, ni siquiera su asistenta. Se levantaría cuando estuviera en condiciones de fingir normalidad.
En días como esos la muerte parecía respirarle en la nuca y Eva tenía miedo de mirar atrás y verla…
Finalmente el dolor amainó y Eva se puso de pie. Tiempo de show, murmuró para sí.
Serena había tenido una mala noche. Ella y Armando habían discutido por nimiedades, como sucedía cada vez con más frecuencia…es que Armando había estado tan presionado, tan nervioso. Su trabajo era impecable, la empresa iba bien, pero no recibía ningún aumento y los gastos recaían cada vez más sobre ella. Y eso le dolía a él…
Serena quería hacerle entender que no importaba, que ellos eran un equipo y que podían salir adelante juntos, pero Armando se sentía cada vez más inútil, más impotente.
Llegó a la hora indicada a su trabajo, pero la anciana tardó en abrirle la puerta. Serena estuvo a punto de gritarle, pero se contuvo. Necesitaba el empleo más que nunca.
— Mi manzana— farfulló Eva, y Serena corrió a buscarla, como siempre.
La anciana puso música de Beethoven y comenzó a escribir. Un dolor sordo recorría su cuerpo, pero seguía escribiendo sin cesar tratando de borrar con el sonido de su voz lo que sentía.
Cuando Serena trajo la copa y la dejó al alcance de su mano, Eva le gruñó que se fuera. La mujer obedeció. Se sentía tan cansada…
Eva no dejó de escribir . Pasaron las horas, y Serena acudió para recordarle la hora del almuerzo. La anciana la ignoró y siguió escribiendo.
— Tiene que comer— dijo Serena con voz firme, tras ver que la copa no había sido tocada.
— No me moleste.
— Mi deber es cuidarla.
— Su deber es facilitarme el trabajo, no interrumpirme con sus caprichos. Váyase.
— Debe descansar…— insistió Serena, luchando por conservar la calma.
Por toda respuesta Eva le lanzó la copa y Serena la esquivó con dificultad. La copa se estrelló contra una pared.
Sintiéndose humillada y al borde de las lágrimas, Serena juntó los pedazos.
— Si va a llorar, hágalo en su casa. No tengo tiempo para perder con inútiles…
Serena estuvo a punto de renunciar allí mismo…Pero en ese momento vio que la anciana se tambaleaba y corrió a sujetarla. Llegó justo a tiempo.
—¿Se encuentra bien? — preguntó Serena.
La anciana asintió con dificultad. La punzada de dolor fue tan repentina…
— Vete— dijo— No necesito ayuda.
— Todos necesitamos ayuda — le dijo Serena con voz cansada — no hay nada vergonzoso en ello.
— ¿problemas en el paraíso, pequeña? — murmuró con desprecio, la anciana.
— Nada que usted pueda entender— respondió Serena en el mismo tono.
— ¿Me cree tonta? Ser soltera no me hace idiota.
— Pero es demasiado egoísta para mirar más allá de su ombligo. Y es mi jefa. No le contaré mis problemas matrimoniales a mi jefa.
Eva rió con dificultad.
— Ya lo hizo. Deje que la escuche un poco. Igual debo descansar .
— ¿Realmente se siente bien? Usted no es así…
— Estoy vieja, jovencita. Vieja y cansada. Y me queda poco tiempo… Preferiría enterarme de problemas ajenos para variar.
Serena la miró asombrada. Luego se apresuró a decir:
— No diga eso.
— ¿Por qué no? Es verdad… y, ¿desde cuando le preocupo? Ni siquiera le agrado.
— No, claro que no, pero…
— Pero es buena y no soporta que nadie sufra, ni siquiera una arpía como yo. Deje que la escuche esta vez, para variar.
Eva le indicó con un gesto que se sentara y Serena le obedeció. Luego comenzó a hablar. A borbotones. De Armando, de su orgullo, de sus peleas…terminó llorando.
Eva la miró con curiosidad, pero no dijo nada. En cierto modo envidiaba hasta esos pequeños detalles. Cuando no tienes nadie con quien pelearte tienes paz. Pero el lugar más pacífico del mundo es el cementerio.
— Gracias —dijo Serena — Por escucharme.
— No espere consejos de mi parte. Nunca los doy. Vaya y prepare mi almuerzo.
Serena asintió y se fue a la cocina. Ya se sentía un poco mejor…
Eva siguió escribiendo. Si sólo cesara un poco el dolor. Pero pronto desechó la idea. Dejaría de doler cuando estuviese muerta, y aún no había concluido su obra.

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