Cuentos de un mundo descosido

Cuentos de cuya autoría soy culpable

La escritora: la nueva asistente

Serena Hamilton miró con temor a su futura empleadora. Estaba frente a Eva Clarker, una anciana escritora, muy popular entre la juventud y famosa por su mal carácter. Ningún empleado duraba mucho a su servicio a pesar de que pagaba muy bien.
— Le pagaré el doble del salario mínimo. A cambio, espero completa obediencia, señora. Eso se lo advierto desde el comienzo.
— Me llamo Serena ¿Cuál sería mi trabajo? ¿leer las cartas de los lectores? ¿tomar al dictado sus escritos? ¿atender el teléfono?
— No recibo cartas sino emails, y los contesto yo. Mi computadora toma al dictado mejor de lo que usted lo haría. Su tarea es evitarme interrupciones mientras yo escribo, así que sí, atenderá mi teléfono, y mantenerme contenta. No es tarea fácil, pero deberá lograrlo si quiere el trabajo.
—Quiero el trabajo.
— ¿Por qué? No suena como un trabajo que nadie quiera. Por favor no me diga que es admiradora mía, sé que es mentira.
— No lo soy, nunca leí ninguno de sus libros. Pero necesito- mejor dicho- mi marido y yo, necesitamos el dinero. Él siempre está esperando que le aumenten el sueldo, pero por ahora lo único real es que el dinero no alcanza.
—Como quiera. Mientras haga bien su trabajo…a ver, tráigame una manzana.
— ¿Comienzo ya?
—¿Algún problema?— la voz de la anciana sonó amenazante.
— ¡No! De ningún modo — contestó la mujer y salió corriendo. Como era de esperarse no había manzanas en la heladera. Salió a comprar y volvió con un kilo de manzanas de diferentes clases. Había olvidado preguntar cuál quería y temía ser echada por eso.
Cuando apareció con una de las manzanas (una Granny Smith) la anciana la fulminó con la mirada:
— ¿Qué me traes? ¿Estás loca?
— ¿No es la clase correcta? ¿Qué tipo de manzanas prefiere?
— Cualquier manzana está bien. Pero usted me la ha traído entera y sin pelar. Quién sabe si la ha lavado ¿Cree que soy una jovencita capaz de morder algo así? ¡Vaya y haga puré con ella y luego tráigamela! Y no intente comprar puré hecho, yo lo notaré.
Serena bajó la cabeza y fue a hacer lo ordenado. Estuvo a punto de ponerle azúcar, pero luego recordó que no se lo había pedido.
Finalmente le llevó el puré de manzanas en un platito, con una cuchara.
— Póngalo en una copa baja — ordenó la anciana.
Serena obedeció. La anciana recibió la copa con displicencia , pero no hizo ninguna objeción.
— Puede retirarse. Necesito escribir. Llévese mi teléfono.
La mujer asintió en silencio y se fue.
Eva encendió la computadora y puso música. Beethoven, por supuesto. Luego, comenzó a escribir.
Las palabras fluían de sus labios al compás de la música y el procesador de texto hacía lo suyo.
En ese momento, la voz de Serena la interrumpió:
— Señora Clarke, es su representante, dice que la gente de la editorial quiere hablar con usted.
— Dile a Nacho que hable él con ellos, que para eso le pago. Y soy señorita,que no se le olvide.
— No podría ser de otra manera— pensó Serena y se retiró.
Eva siguió escribiendo. La música de Beethoven la inspiraba. Era una injusticia que hombres tan talentosos como él se hubieran muerto ¡Qué gran pérdida para el mundo! Nunca hubo otro como él.
Los artistas talentosos deberían ser inmortales y componer para siempre sus maravillosas obras…
Algunos filósofos dicen que sólo los mortales pueden conocer el arte, pero Eva creía que ese era uno más de los vanos consuelos que el hombre se inventa contra la muerte. Como el alma y las religiones.
Una nueva interrupcción le hizo perder el hilo:
— Es su contadora, Bettina, quiere hablar sobre su declaración de impuestos.
— Dile a Betty que la contraté a ella para no tener que estar haciéndolo yo, por si lo ha olvidado.
Serena se retiró , resignada. La contadora se desquitó con ella, como antes lo había hecho el representante, pero no había nada que hacer.
El día transcurrió sin mayores sobresaltos. Se ocupó del almuerzo de la dama, un bistec con ensalada. Luego volvió a pedir otra manzana. Y seguía con la computadora. Pero ya sin música.
Con curiosidad, Serena se acercó a la anciana y le preguntó si seguía escribiendo.
— No . Ahora contesto mis emails.
— Yo podría hacerlo por usted, si me lo permitiera.
— Los lectores me escriben a mí, ¿por qué dejaría que otra conteste? Además, adoro hacerlo. Hay algunos loquitos, otros cursis, pero también muchos comentarios inteligentes, que da gusto leer. Lo menos que puedo hacer es contestarles.
Serena la miró impresionada. Por un momento le pareció casi humana. Luego , la anciana le gruñó que quería otra manzana y que dejara de importunar. Todo volvía a la normalidad.
Al final del día Serena se retiró y prometió volver al día siguiente. Esta vez la sorprendida fue la anciana:
— ¿Lo dice de veras?
— Como dije antes, necesito el trabajo y usted paga bien.
— Claro…Claro…
Cuando Serena se fue, Eva murmuró:
— Habrá que entrenarla, pero al menos es obediente.
Esa noche, a la hora de la cena, Serena le preguntó a su marido cómo había sido su día:
— Muy bien, el capataz me felicitó. Creo que esta vez sí me darán un aumento.
— Te lo mereces — sonrió ella con fingido entusiasmo. Armando siempre se hacía demasiadas ilusiones.
— ¿Cómo te fue en el trabajo?— Preguntó él, a su vez.
— Oh, muy bien — Fue la respuesta de la joven.
— Me dijeron que esa mujer es una solterona vieja y amargada.
— Lo es— dijo Serena. No tenía ganas de hablar del tema. Aunque no había sido tan terrible como temía, después de todo.

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