Cuentos de un mundo descosido

Cuentos de cuya autoría soy culpable

El engaño y la traición: 7ª parte

La Ciudad es invadida

Mientras tanto la Ciudad estaba casi desprotegida, circunstancia que fue aprovechada por Kovaleski para atacar al mando de una pequeña fuerza.

 

La confusión en la Ciudad fue total: los invasores se abrían paso con facilidad entre las defensas automáticas cuyas vulnerabilidades conocían tan bien. A esto se le sumó un factor — no tan inesperado — ; nada menos que el abandono de la Ciudad por parte del Papa Clemente XVI y sus seguidores a bordo de las naves de escape.

 

¡Se han ido! — Gritaba Donald Kormann, al borde de la histeria — ¡Se han ido con nuestras provisiones de emergencia, con nuestras naves!

 

Las ratas abandonan el barco — comentó Grace Abbott.

 

No tengo tiempo para frases absurdas ¿Saben al menos por qué hicieron algo tan drástico? — reclamó el presidente del Consejo.

 

Fue una locura dejar el mando del proyecto New Edge en manos de Francisco Rojas, de quién sabíamos era uno de los hombres del Papa — se lamentó otro concejal —. Ahora debe estar en una de esas naves…

 

Lo que no entiendo es porqué Fukuyama no nos advirtió a tiempo — murmuró Joseph Albers.

 

Tal vez por la misma razón por la cual ahora está desaparecido — señaló Grace Abbott.

 

¿Nos traicionó, o es un inepto que se oculta por temor a un castigo? — preguntó Donald Kormann.

 

Tal vez ambas cosas — respondió Grace Abbott —. No puedo creer que hayamos confiado en alguien así. Ojalá su estupidez o su deslealtad hubiesen sido evidentes desde el comienzo.

 

Su Santidad dejó un mensaje grabado — informó un secretario.

 

Póngalo en la pantalla — ordenó Kormann, recobrando la compostura.

 

El rostro de Clemente XVI apareció en la pantalla situada frente a ellos. Su voz resonó en la sala con una solemnidad aterradora.

 

Tal como San Agustín les recordó a los cristianos del mundo antiguo, después de que los bárbaros invadieron Roma, que la Ciudad de Dios (formada por los verdaderos cristianos) era más importante que Roma y que cualquier otra ciudad fundada por los hombres, yo les recuerdo que la Ciudad no era más que un instrumento efímero de la voluntad de Dios.

 

Ese hombre está loco — murmuraron varios concejales, pero bastó una mirada del presidente para acallarlos.

 

La verdadera Ciudad, la Ciudad de Dios se va con nosotros. Por eso no sentimos culpa al abandonar una cáscara vacía, que perdido su razón de ser y dirigirnos a nuevos destinos. Hemos perdido la Tierra y la Ciudad, corrompidas y contaminadas por el pecado; pero el Señor nos ha dado con su mano generosa las estrellas.

 

Irritado, el presidente retiró el UVD del aparato y dirigiéndose a los demás concejales preguntó con voz de trueno:

 

¿Los estrellas? ¿No sabe ese sujeto que la autonomía de las naves de emergencia es limitada? Las velas solares sólo sirven dentro del Sistema Solar. No hay en las naves, combustible de reserva suficiente para llegar a las cercanías de otra estrella.

 

No espere encontrar sensatez en la mente de un fanático — Comentó Grace Abbott con cierto nerviosismo —. Recuerde que nuestro problema ahora es cómo defender la Ciudad. Las tropas están luchando en la Tierra y no parece que vayan a regresar pronto; así que estamos solos. Y aún puede empeorar si los enemigos toman el control de la red de ordenadores.

 

En ese momento, la pantalla del videoteléfono se encendió y la imagen de Nadia Kovaleski apareció frente a ellos.

 

Damas y caballeros, en este momento tengo el control completo del sistema de la Ciudad. Esto es sólo una advertencia por si alguno intenta hacer el papel de héroe. No hay nada que puedan hacer, salvo esperar noticias de la Tierra.

 

¡Maldita traidora! Nuestros soldados vendrán muy pronto y nos liberaran .

 

Está un poco atrasado de noticias, señor Kormann. El ataque contra la Tierra está siendo rechazado por la Confederación y sus aliados. Imagínese como reaccionaran los suyos cuando sepan que tenemos el control de la Ciudad.

 

No es necesario asumir actitudes tan drásticas, doctora Kovaleski — señaló la vicepresidenta con acento persuasivo —. Podemos devolverle su cargo, con todas las prerrogativas. Además, no tendrá que volver a preocuparse por ocultar sus “rarezas”. Debe saber que el Papa Clemente XVI se ha ido con su séquito, y por lo tanto, ya no podrá poner objeciones.

 

Los ojos de color violeta de la joven brillaron alegremente cuando respondió:

 

Agradezco su oferta, pero no me interesa. La presidenta de la Confederación nos ofreció la ciudadanía a cambio de nuestra colaboración, y hemos aceptado.

 

¿Acaso se ha vuelto loca? — Intervino Donald Kormann — ¿Por qué cree que una terrestre cumpliría su promesa?

 

Confío en ella. Así que, tiene usted toda la razón, no debo estar muy cuerda — rió nuevamente —. Además yo también tengo promesas que cumplir.

 

Antes que alguno de los concejales atinara a protestar la comunicación se cortó y la pantalla se oscureció nuevamente.

 

Debemos detener a esa chiflada — gruñó el presidente y corrió hacia la puerta; poco después lanzó una maldición que desconcertó a todos.

 

La puerta está bloqueada. Estamos atrapados.— Explicó. Luego se dio vuelta y ordenó a su secretario:

 

Envía un mensaje de auxilio a la Tierra.

 

El secretario se abalanzó sobre los controles del transmisor pero no logró comunicarse. Momentos después, la imagen de Alexander Carr apareció en la pantalla:

 

No se pongan nerviosos, ya hemos comunicado a los jefes militares en la Tierra cual es la situación aquí. Ahora estamos esperando su decisión — Tras pronunciar estas palabras cortó nuevamente la comunicación dejando a sus interlocutores aún más asustados que antes.

 

¿Se acuerdan que les dije que debíamos mantener prisionero al embajador de la Confederación?— les recordó uno de los concejales a sus colegas.

 

Tú querías que lo ejecutásemos — fue la respuesta de Grace— no veo en qué hubiera mejorado eso nuestra situación actual.

 

Donald Kormann se dejó caer en su asiento, resignado.

 

Es inútil pelearnos entre nosotros. Nos han vencido el engaño y la traición. Estamos a su merced: esperemos que nuestros propios militares no decidan convertirnos en mártires…

 

Muy lejos en el espacio, Clemente XVI observaba las estrellas con aire reflexivo. A su lado se encontraban Francisco Rojas y Shinji Fukuyama.

 

¿En qué está pensando, Su Santidad?

 

Nos esperan tiempos difíciles; pero a cambio de nuestro sufrimiento tendremos una nueva Tierra y un nuevo cielo.

 

¿Qué cree que sucederá con la Ciudad y con sus habitantes?

 

Están en manos del Señor. Nada podemos hacer por ellos.

 

Mientras tanto, en la Tierra, la situación de las tropas de la Ciudad comenzaba a complicarse. La resistencia encontrada fue mayor de la esperada y no contaban con las bases terrestres porque éstas habían sido ocupadas por los aliados de las “ciudades libres”.

 

Sin embargo, la situación no era tan mala hasta que la noticia acerca de la toma de la Ciudad llegó a los altos mandos. La impresión que causó fue la de un baldazo de agua fría: ¿Tendrían que rendirse teniendo aún posibilidades de ganar?Por otra parte cabía preguntarse si era prudente continuar combatiendo, al precio de perder la Ciudad.

 

Mientras los jefes militares negociaban, se estableció una tregua.

 

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2 comentarios

  1. Enarcar las cejas y sentir desprecio al leer: “— Tal como San Agustín les recordó a los cristianos del mundo antiguo (…) yo les recuerdo que la Ciudad no era más que un instrumento efímero de la voluntad de Dios.” ¿me garantiza la expulsión del cielo?

    Y si aplaudo entre vítores: “No espere encontrar sensatez en la mente de un fanático”, refiriéndose esta frase a un Papa, ¿me condena a la hoguera?

    Sencillamente fantástica. Esta historia me tiene entre sus redes. (Hizo falta la 6ª parte para lograr el efecto de esta 7ª). ¡Salute!

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    • Probablemente sí, Verónica. Pero ya lo dice el dicho: al cielo por el clima, al infierno por la compañía 🙂
      y creo que ya no queman a los herejes, al menos a mí no me han quemado 🙂

      Me gusta

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