Cuentos de un mundo descosido

Cuentos de cuya autoría soy culpable

El engaño y la traición: 6ª parte

Comienza la batalla

 

Con el paso del tiempo la situación no mejoraba para la Confederación. Según trascendía en los medios, no se llegaba a ningún acuerdo firme entre las “ciudades libres” y la Confederación. En un intento por llevar calma la presidenta en persona se había dirigido a la población. Ese acto fue calificado de demagogia pura por los periodistas y analistas más destacados. Las marchas multitudinarias convocadas en su apoyo fueron menospreciadas y se tildó de necios y locos a sus seguidores, cuando no directamente de comprados. Por otra parte, la Ciudad avanzaba a pasos agigantados en su proyecto. El nuevo director parecía muy eficiente, contra todas las previsiones del Consejo.

 

En la embajada reinaba un clima de nerviosismo apenas disimulado. La única que parecía ajena a eso era Nadia Kovaleski, que se encontraba jugando al ajedrez en su computadora y hojeando unos arcaicos libros. Frente a ella, Alexander Carr se paseaba de un lado a otro.

 

No tenemos tiempo ― insistió Carr ― debemos darnos prisa.

 

Tampoco podemos hacer mucho para apresurar las cosas, Alex. Será la Ciudad la que decida el momento. Así que de nada sirve impacientarse. Debemos prepararnos para actuar y estar atentos… Aunque reconozco que resulta difícil mantener vigilados a nuestros queridos suicidas, que insisten en inmolarse por el bien de la Ciudad ― Respondió tranquilamente Nadia.

 

¿Esos libros no figuran el Index? Está prohibido leerlos ― Comentó con malicia Alexander.

 

Cuando salgas, cerraré la puerta. Así no tendrás que verme leerlos. Tú y Dorian podrían hacer lo mismo.

 

Alexander enrojeció súbitamente, pero no dijo nada. Se retiró con bastante apresuramiento, aunque no lo suficiente como para dejar de oír la risita burlona de Nadia a sus espaldas.

 

¡Ah, las buenas y viejas costumbres de los griegos! — Comentó Nadia, con un poco de sorna —. Lástima lo de la esclavitud y el machismo …

 

En la Ciudad, la algarabía era total: ya no dependerían más de la Tierra; y además podrían deshacerse de la escoria que la poblaba. Para cubrir las apariencias se envió órdenes terminantes a la embajadora. Los reclamos que debía realizar eran absurdos y sabían que la Confederación no los aceptaría. Después sólo debían declararse ofendidos y amenazar con romper relaciones. Un oportuno atentado contra la embajada (presentado como venganza de los terrestres) obligaría a la Ciudad a enviar a sus soldados para combatir a los “terroristas enquistados en la Confederación”.

 

El resultado fue mejor de lo esperado. Si bien el atentado no se produjo porque fue descubierto por las fuerzas policiales, antes de que ocurriese, la reacción de la Confederación fue ocupar la embajada militarmente “para su protección”. Ante tal ofensa, que sonaba a tiro en el pié por parte de la Confederación, la orden de destruir a los terrestres y a los traidores a la Ciudad (nombre dado al personal civil residente en la embajada, que se había rendido sin intentar siquiera combatir), fue impartida a los jefes militares. Algunos fueron más lejos y pidieron detener y ejecutar al embajador de la Confederación y a los empleados de mayor jerarquía, pero primó la cordura y fueron devueltos a la Confederación luego de unas pocas horas de interrogatorios y molestias menores.

 

Sin embargo, Clemente XVI no compartía esa alegría; temía que todo fuese una trampa de los infieles. Era evidente que tramaban algo. Sin embargo nadie le hizo caso, su fama de agorero le jugó en contra. Por lo pronto ordenó el retiro de toda la jerarquía eclesiástica aún residente en la Tierra. Uno de ellos era el monseñor Ríos, que llamó a la presidenta para despedirse.

 

Lo que tanto temía ha sucedido— explicó el obispo—, su orgullo ha precipitado el fin, sólo lo lamento por los inocentes que han de morir.

 

Me confunde, ¿le preocupa la guerra o es otro sermón en contra del aborto legal seguro y gratuito?

 

¿Es que no puede tomar nada en serio?— preguntó indignado.

 

La risa cristalina de la joven se dejó oír a través del aparato. Luego con su clara voz de contralto, Irene le respondió:

 

No hay cosa más seria que el humor. No hay nada más peligroso que una persona incapaz de reírse, excepto quizá la persona que lo hace en momentos de real solemnidad. Me temo que éste no es uno de ellos.

 

¿Cree que puede vencer a la Ciudad? La soberbia la ha cegado…

 

Por el momento me conformo con saber que el embajador y sus subordinados ya están a salvo. Llegaron un poco maltrechos, pero se repondrán.

 

No tuve nada que ver con eso. Usted debería haber retribuido el gesto devolviendo a la Ciudad, a la embajadora Kovaleski y al resto del personal.

 

Eso hubiese sido una condena a muerte para ellos.

 

Lo será de todos modos cuando la Ciudad ataque. Me temo que no volveremos a vernos, así que me despido. Ojalá viva lo suficiente para arrepentirse de sus pecados— Tras pronunciar estas palabras, Jorge cortó la comunicación.

 

Y así, todas las fuerzas disponibles fueron enviadas a la Tierra para lo que parecía una segura victoria contra las divididas fuerzas terrestres.

 

Ante el ataque de las fuerzas de la Ciudad, la Confederación respondió enviando sus tropas, y convocando a las ciudades libres para que enviaran a las suyas. Entretanto, en el despacho presidencial, Irene jugaba una partida de ajedrez contra Nadia.

 

Es la última jugada — Comentó Nadia mientras movía una pieza.

 

Irene observó el tablero frente a ella y dijo:

 

¿Por qué te retiras? Aún puedes ganar.

 

Se acabó el tiempo…

 

Tienes razón. Es hora de actuar ¿Crees que haya problemas con el diseño? El nuevo director puede haber hecho cambios.

 

Con un poco más de tiempo, tal vez. Pero el Consejo estaba muy nervioso y no hubiese admitido demoras.

 

Entonces, dile a los tuyos que ataquen. Nosotros nos encargaremos de lo demás.

 

Entendido.

 

Nadia se puso de pie y comentó irónicamente:

 

Será mejor que me vaya, después de todo es mala educación hacer esperar a la muerte.

 

En eso consiste la vida — contestó Irene en el mismo tono, para luego agregar, esta vez con voz apremiante.

 

Tienes que regresar.

 

Nadia se dirigió hacia la puerta y, justo antes de salir, murmuró:

 

Lo haré.

 

Las horas siguientes fueron de una actividad frenética. La joven presidenta recordaría luego aquellos momentos como algo irreal, como si en verdad no hubiesen sucedido.

 

Las defensas cuidadosamente organizadas de la Confederación resistieron muy bien los embates de las fuerzas de la Ciudad, que se habían tomado muy en serio la aparente desunión que reinaba entre los aliados (creencia difundida y fomentada por los periodistas de ambos bandos) y ahora veían con sorpresa como acudían soldados de todas las “ciudades libres” a defenderla.

 

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2 comentarios

  1. Leído de madrugada. Y pensado desde entonces. Repaso esta entrega pero la sensación es la misma. La corroboro horas después: siento que me falta algo para tener el cuadro completo. Definitivamente (bueno, sin ser tan tajante) como si fuese una transición. ¿Hacia dónde? ¿Hacia qué? ¡Vaya si me tiene atrapada la historia!

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  2. Tenes el dominio del espectro….

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