Cuentos de un mundo descosido

Cuentos de cuya autoría soy culpable

El engaño y la traición: 4ª parte

Esperas

 

Cuando la doctora Kovaleski regresó a la embajada la esperaba un pequeño grupo encabezado por Alexander Carr.

 

¿Tuviste éxito? — quiso saber Alexander.

 

¿Cómo fue la entrevista? — preguntó a su vez Reika.

 

No hubo problemas — respondió Nadia con gesto pensativo —, al menos eso espero. En este momento estamos en sus manos.

 

¡Qué optimista! — ironizó Alexander.

 

¿Qué te pareció la presidenta? — preguntó a su vez Reika.

 

No hay mucho para decir. Aceptó la propuesta e hizo algunas sugerencias. Volveré a verla después de la reunión que tendrá con los líderes de las “ciudades libres”.

 

Si no nos traiciona antes, claro está— rió Alexander— Supongo que tampoco estamos en posición de elegir aliados.

 

Es algo que tenemos en común —,comentó Nadia tranquilamente. Tras decir esto se alejó del grupo, dejándolos entre preocupados y esperanzados.

 

Apenas se hubo quedado sola, Nadia sacó la pieza de su bolsillo y la miró.
Un mar de preguntas acudió a su mente ¿Habría interpretado bien las intenciones de Irene? ¿Había, siquiera algo que interpretar,  más allá de su preocupación por el futuro de su pueblo?¿No estaría ella acomodando la realidad a sus deseos? Este último pensamiento la sobresaltó. Casi agradeció mentalmente la llegada de Reika, que había entrado sin tocar.
– ¿Sucede algo? – le preguntó .
– Eso quisiera saber. Sé que dijiste que ya presentaste la propuesta, pero necesito saber más. Eres la única de nosotros que habló a solas con la presidenta.
– Ah, eso- dijo Nadia guardando la pieza en su bolsillo rápidamente- Les dije todo lo que sabía. Luego de la reunión con los líderes de las “ciudades libres”  habrá novedades.
– No sabía que tenía piezas reales de ajedrez – rió la joven. Eso sí que es anticuado.
– ¿Cómo los libros? Sí, es posible…
– Pero dejaste en claro nuestras condiciones ¿No? – insistió Reika.
– Por supuesto. Recuerda que estoy en la misma posición que ustedes. Quiero vivir, y vivir bien . No escapé del corredor de la muerte para terminar mendigando en tierra extraña.
Reika asintió. Parcialmente convencida, y sabiendo que no ganaría mucho más con la insistencia se retiró.
Otra vez a solas, Nadia se preguntaba si sus intenciones no habían cambiado un poco.

 

Al día siguiente, Irene recibió la visita de Lilith. Ésta le preguntó varias cosas sobre su futura reunión con los jefes de las “ciudades libres” y se rió al escuchar la lista de reclamos presentada por la nueva representante de la Ciudad.

 

Ariel estaría orgulloso de ti — Comentó Lilith.

 

Eso no lo sé. La verdad es que la situación es grave. Sin su prestigio será muy difícil unir a las distintas ciudades.

 

Tú no careces de prestigio: fuiste elegida por el pueblo de la Confederación como su nueva presidenta .

 

Y además me veo mucho más linda en televisión ¿Crees que estaba muy maquillada la última vez? Debía tapar las ojeras ¿Sabes?

 

Lilith se sintió incómoda a oír estas palabras ¿Hablaría en serio Irene o sólo le estaba tomando el pelo?

 

¿No puedes tomar nada en serio?— le recriminó.

 

No me subestimes, hermanita. La seriedad no consiste en evitar hacer bromas, ya deberías saberlo.

 

Por un momento, Lilith tuvo la incómoda sensación de hallarse otra vez frente a Ariel. La misma sonrisa irónica, la mirada que parecía ver a través de ella. Como si el pasado se negase a morir.

 

Tengo una reunión en unos minutos, hermanita — Comentó Irene, poniéndose de pie.

 

Al parecer no era la única: Lilith se despidió y salió muy apurada. Tenía el tiempo justo y sabía que ciertos trámites no admiten demora.

 

Poco después, se sentó frente a Irene, con aire de disgusto casi profesional, el monseñor Jorge Ríos. Si bien no tenía credenciales de embajador, ni mucho menos sus prerrogativas, tenía en cambio, las ínfulas de un verdadero embajador.

 

Al fin acepta recibirme, a pesar de que llevo meses pidiéndole audiencia. Ya no hay respeto por la institución de la cuál provengo.

 

Comprenda, mis obligaciones son muchas y variadas. Tiempo libre es algo que no me sobra.

 

El gesto del religioso se hizo más agrio aún, si es que eso era posible. Luego pareció recordar nuevamente su objetivo. Su voz adoptó un tono melifluo al decir:

 

No he venido a discutir. La institución que represento ama la paz y el diálogo. Como su representante oficial en estas tierras debo estar a la altura de las circunstancias.

 

La expresión de incredulidad que adoptó Irene fue muy evidente.

 

Si viene hablarme de la devolución del carácter de embajada a su sede local, le recuerdo lo que Ariel le dijo varias veces, y en numerosas ocasiones: el estado Vaticano ya no existe, y por ende, su embajada, tampoco. Para nosotros ustedes son una ONG con muchas ínfulas.

 

El monseñor insistió con paciencia:

 

La Ciudad todavía nos reconoce como estado y le ha dado refugio a Su Santidad hace ya varios años.

 

Pero no les ha ayudado a recuperar el antiguo territorio del Vaticano, ni tiene intenciones de hacerlo— completó la presidenta con aire desdeñoso—. Hay una “ciudad libre” en su lugar y no parece que su líder vaya rendirse sólo para complacerlo a usted.

 

El religioso contempló sorprendido el rostro tranquilo de su interlocutora. No esperaba encontrarla tan segura de sí misma, ni tan serena ¿Acaso no temía miedo? ¿Tan ciega estaba ante el peligro?

 

La cuestión principal, sin embargo, no es esa. Su Santidad me ha enviado expresas instrucciones para que interceda entre su gobierno y el de la Ciudad. Su excelencia debe recapacitar y dejar de lado el orgullo para que vuelva la paz a estas sufridas tierras. La iglesia, como madre amorosa que es de sus hijos ―aún de los descarriados―, no quiere que haya guerra. Sabemos lo desastroso que eso sería para muchos inocentes, víctimas de la ambición y la locura de unos pocos.

 

Qué ternura ¿Cuándo habla de ambición y locura, qué parte le corresponde a cada quién?— Preguntó Irene con sarcasmo, para luego agregar—: mire, no me engañan sus frases conciliadoras. Clemente XVI y usted, me detestan y detestan todo lo que la Confederación representa. No he olvidado que usted saludó con alegría la muerte de mi hermano, diciendo: ha muerto un impío.

 

Eso fue un arrebato…

 

Inmediatamente después decidió mostrarse amable, ofreciéndome la extremaunción poco antes de una cirugía de rutina.

 

Se le llama unción de los enfermos.

 

La presidenta sonrió ante la inútil aclaración que acababa de recibir.

 

Por eso sé que algo grave debe estar sucediendo para que usted venga a fingir amabilidad. No son los planes de la Ciudad o, al menos, no los que tiene para con la Confederación, lo que preocupa al Papa. Debe haber algo más. Supongo que las relaciones entre Clemente XVI y la Ciudad se han deteriorado, y continuaran haciéndolo. Tal vez el gobierno de la Ciudad ha decidido tener autonomía y el Papa no puede soportarlo…

 

Jorge bajó los ojos y carraspeó, visiblemente incómodo. Irene continuó hablando:

 

Pero usted no tiene nada que ofrecer y pide demasiado. No voy a traicionar a un aliado para que ustedes tengan su reducto particular…

 

¿Cómo hará para salvar a la gente de la embajada? Pueden usarlos como rehenes contra ustedes ¿O piensa convertirlos en mártires?

 

Deje que yo me ocupe de proteger a los míos.

 

No piensa ceder ¿Verdad? — preguntó Jorge mientras se ponía de pie.

 

No es muy cristiano negociar vidas humanas a cambio de la posesión de un territorio, pero, si me permite, lo dejaré a solas con sus contradicciones—. Respondió Irene tendiéndole la mano. Él la estrechó automáticamente, y sin mirar atrás, se retiró.

 

Sólo cuando estuvo a solas se permitió mostrar su cansancio.

 

Estaré en grandes problemas si no organizo bien el retiro de los miembros de la embajada que quedan en la Ciudad— murmuró la joven.

 

El obispo Jorge Ríos se fue muy preocupado de la reunión. Tuvo que hacer algunos esfuerzos para comunicarse con la Clemente XVI, pero finalmente lo consiguió. Le relató brevemente el contenido de la entrevista. El Papa lo interrumpió varias veces exigiendo precisiones pero no pudo obtener mucho más. Antes de cortar la comunicación Clemente XVI le recordó con voz dulce que la verdadera Ciudad de Dios no estaba en el Vaticano, ni en ninguna otra ciudad terrenal, y le aconsejó al atribulado obispo que releyera a San Agustín.

 

Los días pasaron: la esperada reunión entre la presidenta de la Confederación y los líderes de las “ciudades libres” se realizó en un clima de incertidumbre. Hubo una serie de atentados, que fallaron por poco, contra algunos asistentes a la misma. Los resultados fueron mediocres (lo que trascendió, a pesar de los intentos de los gobiernos participantes por presentarlos como un avance necesario) y Irene parecía muy preocupada.

 

 

 

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1 comentario

  1. Besos!!!!

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