Cuentos de un mundo descosido

Cuentos de cuya autoría soy culpable

El engaño y la traición: 3ª parte

El plan de Nadia

Horas después Nadia estaba sentada en un sofá mirando con curiosidad a los demás invitados y al anfitrión.

 

Y ahora díganme ¿Realmente existe esta tradición?

 

Ciertamente. Tuvimos que establecerla para poder hablar entre nosotros tranquilamente — Fue la respuesta de Alexander.

 

Claro que el precio fue aceptar chiflados como Rojas. Aunque resultó bastante divertido como invitado— Agregó Reika.

 

Entonces quieren hablar conmigo ¿De qué? — Preguntó Nadia, aunque ya sabía la respuesta.

 

De las últimas instrucciones de la Ciudad…, díganos ¿Eso es todo? ¿Esperan que aceptemos alegremente nuestro fin?

 

No, simplemente no les importa nuestra opinión — respondió Nadia.

 

La primera reacción fue un murmullo de indignación; después tomó la palabra Dorian Sagan, que le reprochó amargamente:

 

Sabemos que usted fue condenada a muerte y que recibió el indulto porque era necesario cubrir el cargo ¿Y ahora se resigna a terminar como mártir de la Ciudad?¿Sin hacer nada para evitarlo?

 

Al fin una pregunta interesante. No, no he venido a que me maten por el bien de nuestra queridísima Ciudad, ni por su ilustre enseña de barras y estrellas. Mi objetivo, aunque suene a locura, es sobrevivir. Será su decisión si quieren acompañarme o no en el intento.

 

Un silencio incómodo se mantuvo por un par de minutos. Finalmente alguien balbuceó:

 

Eso sería traición.

 

Porque la rebelión es el signo que conduce a la obstinación y a la idolatría — recitó Nadia, con fingida solemnidad, y agregó con acento burlón: — un poco del Antiguo Testamento para amenizar la velada. Sin embargo, no quiero distraerlos de lo principal: ¿Quieren seguir viviendo? Esa es la pregunta que deben responder. Luego discutiremos las condiciones.

 

¿Cree que tendremos tiempo para hacer algo? — preguntó repentinamente Reika Tsukishiro — Usted dijo que la decisión ya está tomada. No creo que esperen mucho para concretarla.

 

Se produjo una demora, debido a un conflicto a la hora de seleccionar al nuevo director del proyecto New Edge. Su Santidad quiere más protagonismo en las decisiones y para demostrarlo ha sugerido su propio candidato. Desafortunadamente dicho individuo no es del agrado del Consejo.

 

¿Qué pasó con el anterior director?

 

Está frente a ustedes.

 

Un murmullo de admiración siguió a estas palabras.

 

Creía que los directores gozaban de cierta impunidad, y que no les afectaba demasiado saltarse algunas reglas — dijo Alexander, con cierto sarcasmo.

 

Así era — fue la impasible respuesta de Nadia —, hasta que el Departamento de Moral y Buena Conducta recibió la orden de ser más estricto en sancionar a quienes no cumplieran con las normas de la Ciudad. El resultado fue una limpieza masiva, inclusive en cargos estratégicos.

 

Tras un nuevo silencio, Alexander Carr tomo la palabra en nombre del grupo:

 

Queremos vivir. Si tiene algún plan es buen momento para decirlo.

 

Lo tengo. Para empezar, debemos encargarnos de los suicidas que hay entre nosotros: no podemos permitir que informen a la Ciudad lo sucedido. Pero eso es sólo el principio. Escuchen…

 

En la Ciudad, los miembros de Consejo estaban reunidos. La principal preocupación era como llenar los huecos dejados por la estricta aplicación de leyes represivas. El puesto de director del proyecto New Edge se había convertido en una excusa para reavivar las disputas internas de la Ciudad.

 

Sin embargo los integrantes del Consejo confiaban en que la ofensiva contra la Confederación y la destrucción de las ciudades “alien” (que pomposamente se llamaban a sí mismas “ciudades libres”), serviría para distraer la atención y calmar los ánimos.

 

El jefe de la grey católica, Clemente XVI no estaba presente en la sala, pero su mal humor era visible a través de la pantalla del videoteléfono que empleaba para comunicarse.

 

¿No les advertí? ¿No les dije antes acaso que sería pernicioso confiar a una mujer tareas propias de los hombres? Le hice la misma advertencia al embajador de la Confederación, pero no quiso ni oírme. Las nuevas generaciones son ciegas y estúpidas.

 

La doctora Kovalesky es una eminencia en su especialidad, y una gran líder. Dirigió el proyecto tan bien como lo esperábamos — balbuceó uno de los consejeros, pero Clemente no permitía interrupciones en su discurso, así que desechó rápidamente la insinuación y continuó hablando:

 

Esa es una faceta ¿Olvidan que es una persona desequilibrada, de moral débil, capaz de influir negativamente en las mentes de quienes las rodean? Y no es la única. Nos representan ante los gobiernos terrestres unos degenerados que dan rienda suelta a sus bajos instintos, aprovechando que no se los controla adecuadamente. Sodoma y Gomorra renacieron debido a vuestra negligencia.

 

En ese momento Clemente se detuvo porque se había quedado sin aliento, y el presidente del Consejo Donald Kormann, pudo acotar:

 

La embajada era algo que debíamos tolerar. No teníamos otra opción. Eso se terminó, Su Santidad. Morirán como mártires de nuestra causa. Siendo malos, saldrá de ellos algo bueno.

 

Me complace oírlo. La soberbia que demuestran los hace indignos de toda compasión. Ahora, en cuanto al sucesor, creo que el más indicado es el profesor Francisco Rojas, un hombre lleno de auténtico espíritu cristiano.

 

No está preparado para un cargo tan importante. Demostró su incompetencia como líder cuando dirigió la embajada. Su intolerancia estuvo a punto de producir un conflicto prematuro con la Confederación y con los “aliens” al mismo tiempo. Tampoco logró dirigir a sus subordinados y se ganó el odio de casi todo el personal de la embajada.

 

¡Es un buen cristiano y se enfurece ante la inmoralidad, el descreimiento; en fin, ante las lacras que reinan en la Tierra y que amenazan por invadirnos! ¡Eso no es un defecto, sino más bien es signo de virtud! — Gritó el Sumo Pontífice, cada vez más acalorado.

 

Donald Kormann trató de apaciguarlo. Balbuceó, pidió disculpas y dijo suavemente:

 

Entienda que la Ciudad necesita a los mejores.

 

Clemente XVI se puso morado. Su voz se elevó hasta convertirse en un chillido:

 

¡La Ciudad no es lo único que importa! Ni siquiera ella está por encima de la ley del Creador. Recuerden lo que sucedió con Roma y con Babilonia…

 

La mirada de estupor de los concejales le recordó a Clemente que aquellas personas no sabían nada de historia antigua. Eso lo enfureció aún más y decidió cortar la comunicación.

 

La pantalla se oscureció ante la mirada resignada del Consejo en su totalidad. Si al menos Clemente XVI se mostrara comprensivo. Claro que eso era imposible, sencillamente no estaba en su naturaleza.

 

Obviamente el más apto para el cargo es el ingeniero Shinji Fukuyama — comentó Donald Kormann.

 

Lo mejor será designar al profesor Rojas, no conviene molestar a Clemente XVI. Sin embargo, debemos asegurarnos que sea Shinji Fukuyama quién dirija todo — sugirió Joseph Albers, otro concejal.

 

Tienes razón —respondió Kormann —, pero debemos andar con pies de plomo: si alguno de los cardenales llegara a enterarse…

 

Las noticias vuelan. — rió Grace Abbott, la vicepresidenta del Consejo.

 

Lo importante es ganar tiempo. Una vez que el trabajo esté hecho deberá aceptarlo.

 

También en la capital de la Confederación se preparaba una reunión de suma importancia. No sólo asistiría Irene, como anfitriona, sino también los caudillos de las “ciudades libres”. No los unía tanto la simpatía mutua como el miedo. Pero sabían que si existía una mínima posibilidad de sobrevivir, ésta residía en presentar un frente unido contra la Ciudad.

 

Irene estaba agotada — como ya era costumbre al finalizar cada jornada — ; además de sus tareas habituales, se había reunido con sus ministros,y luego con algunos empresarios . También escuchó a un grupo de gobernadores, y para no perder la costumbre, a un grupo del Servicio de Protección. Ahora estaba esperando su entrevista con la nueva embajadora de la Ciudad.

 

Tenía los ojos cerrados cuando oyó a su secretaria anunciando la presencia de Nadia Kovaleski. Irene abrió los ojos y ordenó que la hicieran pasar.

 

Cuando Nadia entró en la habitación, lo primero que Irene notó fue que se había quedado corta al decir que era muy linda. Tenía una larga cabellera ondulada, de un color castaño rojizo, era alta (como la mayoría de los habitantes de la Ciudad), sus ojos eran de una extraña tonalidad violácea, estaba vestida y maquillada con un exquisito buen gusto, y poseía una figura maravillosa. Irene se dedicó a una prolija contemplación de la misma. En eso estaba cuando la voz de la joven (que no desentonaba para nada con su figura) la hizo volver a la realidad.

 

Le pido disculpas por mi demora en presentar las credenciales. Tuve que arreglar algunos asuntos al llegar. Mi antecesor se las arregló para dejar todo del peor modo posible.

 

Entiendo perfectamente. También mi antecesor dejó su cargo de una manera… intempestiva—. Irene pronunció estas palabras con un énfasis tal, que hizo palidecer a Nadia. La flamante embajadora bajó la mirada, pero continuó hablando:

 

Por supuesto, estoy enterada del asesinato de su hermano. Sin embargo, lo que vengo a plantearle es de suma importancia para su pueblo y para los habitantes de las ciudades… “libres”.

 

¿Algún reclamo por nuestra política migratoria?

 

Tengo varios. Durante el tiempo en que no hubo embajador, los empleados de menor rango fueron informados de la presencia de terroristas que su gobierno se niega a extraditar. También nos consta que han realizado expediciones no autorizadas a las ciudades mencionadas y que rehúsan permitir la instalación de bases militares de la Ciudad en su territorio.

 

Delos por presentados. Yo jamás llegaré a leerlos todos. Tengo colaboradores que desechan los reclamos más absurdos. No hace falta tener una escena incómoda y algo ridícula. Sobre todo, si es innecesaria. Por lo demás, recibirán igual tratamiento que los reclamos previos de la misma índole.

 

Nadia levantó la vista, desconcertada, y miró a su interlocutora. Irene se apresuró a explicar:

 

Esos “terroristas” son refugiados que pidieron asilo político, por motivos que creemos justificados: no se ha probado que cometieran ningún delito, y sí que se les negaron todas las garantías legales. Las misiones son de tipo humanitario y no requieren de la autorización de la Ciudad para realizarse. La Confederación es un estado soberano y está en sus atribuciones decidir si autoriza o no a la Ciudad a instalar bases militares en su territorio. Por lo demás, la Ciudad no ha sido precisamente nuestra aliada en estos últimos años.

 

Recobrada de su sorpresa inicial, Nadia la interrumpió con gesto decidido:

 

No me interesan mayormente esos reclamos, sólo cumplo con las formalidades. Lo que me trae aquí es la nueva política de la Ciudad: al parecer la Embajada no tiene cabida en sus planes más que para ser destruida y producir un casus belli. Así podrán rediseñar el mapa político de la Tierra a su gusto: sin la Confederación y sin las Ciudades libres. Ante una situación como ésta, nosotros necesitamos su ayuda tanto como ustedes necesitarán la nuestra.

 

Nadia se detuvo unos instantes para apreciar el efecto de sus palabras. Al ver el rostro impasible de Irene no pudo menos que admirar su sangre fría. La presidenta le indicó con un gesto que prosiguiera.

 

La conversación se prolongó por espacio de una hora. Cuando Nadia iba a retirarse, Irene comentó como al descuido:

 

En su expediente figura que usted juega ajedrez ¿Eso es verdad?

 

Un poco sorprendida Nadia se dio vuelta y la miró. Irene permanecía en silencio mirando fijamente una pieza de ajedrez que se hallaba sobre su escritorio.

 

Sí, claro. Soy bastante buena en ese juego.

 

¿Tiene algo que ver con el hecho de que también conste en su expediente: “es una persona algo desequilibrada, de hábitos extravagantes y de moral dudosa”?

 

La joven sonrió amargamente antes aquellas palabras.

 

Fue uno de los motivos — comentó con toda tranquilidad —, pero también lo fue que estudiase la historia pre-Ciudad sin ser especialista, que leyese obras prohibidas por la Congregación del Santo Oficio, y — sonrojándose, agregó— algunas otras cuestiones…

 

Irene observó con curiosidad la reacción de la joven. Sin embargo prefirió no insistir. En cambio se levantó de su asiento y acercándose a ella le entregó la pieza de ajedrez que tenía sobre el escritorio diciéndole:

 

Lleva esto contigo.

 

¿Es un obsequio?

 

Más bien, un símbolo.

 

La embajadora contempló unos instantes la pieza (un caballo finamente tallado en nefrita blanca) con aire pensativo. Luego se despidió de la presidenta y se fue.

 

En su despacho, Irene sonreía entre burlona y satisfecha.

 

Creo que ya sé de qué hablaré con los líderes de las ciudades libres.

 

La sonrisa le duró poco; con el rostro nuevamente sombrío recordó que aún quedaba un asunto pendiente y que ese no sería nada sencillo de resolver. Si al menos sus sospechas fueran infundadas…, realmente deseaba que hubiese un error. Sin embargo, si estaba en lo correcto debía actuar. Por lo pronto ya había tomado las precauciones del caso.

 

No debo asustarla — se dijo — eso podría volverla peligrosa.

 

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5 comentarios

  1. Reblogueó esto en Rey de reyes -Tigran el grandey comentado:
    Visiten este sitio es muy bueno!

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  2. Me gusta

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