Cuentos de un mundo descosido

Cuentos de cuya autoría soy culpable

El engaño y la traición: 2ª parte

La nueva embajadora

Unos días más tarde Irene estaba en el despacho presidencial deplorando la calidad de lo que un diplomático llama “un informe confidencial”. La Ciudad enviaría una nueva embajadora, y los informes que tenía acerca de ella eran increíblemente precisos en lo banal y extremadamente vagos en lo esencial. No estaba segura de porqué había sido seleccionada, ni con qué instrucciones la enviaban.
No había dormido bien en los últimos días y estaba exhausta. Sin embargo, era consciente de que aquel sería sólo el principio.
La voz de su secretaria la sacó de la modorra:
— Su hermana vino a verla ¿La hago pasar?
— Sí, claro — Irene ahogó un bostezo. Al menos podría descansar un rato.
Lilith entró parloteando alegremente:
— Debes estar cansada. Trabajas mucho. Bueno, eso no importa, te traje rosquillas y café para animarte.
— No puedes pasar alimentos. Va contra las normas. Y mi secretaria puede servirme café, no es necesario que tú lo hagas.
— Es una medida un poco paranoica. Pero el café y las rosquillas me las dio tu secretaria. No las traje yo.
Irene no pudo evitar reírse ante un parlamento tan absurdo.
— Se hace difícil no ser paranoico después de un magnicidio. Pero ya pasará. Mientras tanto deberé tener paciencia. Pero hablemos de otra cosa: me da gusto verte recuperada.
— En cambio tú tes ves terrible. Realmente deberías descansar.
Irene sonrió débilmente y dijo:
— Tienes razón, por desgracia no tengo la capacidad que tenía mi hermano de dormir sólo cinco horas al día. Yo necesito mis ocho horas diarias. Pero no he tenido opción.
—Cuéntame que te tiene tan ocupada —. Dijo Lilith, sentándose frente a ella. Miró a su alrededor con curiosidad. El lugar no había cambiado nada: los mismos cuadros, un mapamundi en la pared. Solo faltaba él…, Lilith sintió un nudo en la garganta. Pero no se quebró. En vez de ello comentó:
— Este lugar sigue igual…
— ¿Por qué debería cambiar algo ? Me gusta la decoración. Y sobre todo los cuadros ¿Sabes?
Lilith no esperaba esta salida. Muy sorprendida, preguntó.
— ¿Qué tienen de especial? A mi me parecen obras mediocres. Son los típicos retratos oficiales…
— No hablaba de su valor artístico, del que no sé mucho. Me refiero a su valor simbólico.
— ¿Quiénes fueron? — Preguntó Lilith sin mucho interés.
Irene se puso de pie y se acercó a uno de los cuadros.
— Él se llamaba Ulises. No sé su apellido. Causó un gran revuelo cuándo secuestró a Grace Teller.
— Un simple delincuente…
— Nada de eso. Su acción tuvo graves consecuencias. Por un lado fue uno de los factores que precipitó el éxodo de los habitantes más ricos de la Nación a la Ciudad y la constitución de ésta como un nuevo estado. La Nación como tal se desintegró y sólo quedaron ciudades-estado que desconf
ían unas de otras. Por otra parte, no hubiéramos logrado recuperar las islas que la Nación había ocupado si no hubiera sido por ese incidente.
— Pero él no era de la Confederación, verdad?
— No. Él había nacido en la Nación— dijo Irene acercándose al mapamundi y señalando una de las islas del mar Caribe— , en esta isla.
— Pero esa isla pertenece a nuestra Confederación.
— Ahora sí, pero no en ese entonces.
— A los otros dos sí los conozco. Ambos presidieron la Confederación.
— Manuel Ramírez y Eva Russo. Si ellos no hubieran existido, ni yo ni Ariel hubiésemos podido lograr lo que logramos.
— ¿De veras? Pero si ni siquiera perteneces a su partido.
— Los que los sucedieron se encargaron de destruirlo. Ahora sólo queda un grupúsculo insignificante que mantiene una competencia para ver quién se indigna más. Son una auténtica máquina de denuncias absurdas.
La risa de Irene tenía un dejo de burla. Lilith se molestó:
—¿Es qué no puedes aceptar ningún opción política que no sea la tuya?
— Las personas a las que te refieres han abandonado la política y no hacen otra cosa que lanzar acusaciones personales y lamentar que el tiempo no se haya detenido en la última década del siglo XX.
Lilith prefirió no insistir. Con aire de disculpa señaló:
— Yo no sé nada de política. Nunca me ha interesado.
— Siempre has vivido fuera de la realidad. Supongo qu
e es algo propio de los artistas aunque conozco muchas excepciones.
Irene permaneció en silencio unos instantes. Lilith decidió esperar. Finalmente Irene comentó:
— La Ciudad enviará una nueva embajadora.
— ¿Cambio de política o más de lo mismo?
—No lo sé — contestó en tono dubitativo Irene.
Su hermana permaneció en silencio, expectante. Irene continuó explicando:
— Podría ser una dilación. Sencillamente no comprendo como funcionan los procesos mentales de estas personas.
— Tal vez sea alguien interesante.
— Sí que lo es — tiene veintiséis años, un doctorado en Ciencias Químicas. ¡Ah!, y nació bajo el signo de Acuario, con ascendente en Escorpio.
— No entiendo ¿De qué te sirve saber eso último?
—No lo sé. Es lo que decía uno de los informes. De hecho, figura entre los datos que proporciona la propia Ciudad.
Lilith se rió estrepitosamente.
— Entiendo que no puedas decirme nada confidencial. Pero, ¿en serio no te dieron ningún dato útil ?
— Le gusta jugar al ajedrez.
— Eso es extraño—, comentó Lilith, que desconfiaba de todo aquello que no comprendía. Y como comprendía muy poco, vivía en un estado de perpetua suspicacia.
La joven presidenta la miró con un brillo de burla en los ojos. Siendo como era, una jugadora experta de ajedrez, no veía ninguna rareza en dicha práctica.
— Es muy linda —agregó como al descuido.
Estas palabras desconcertaron a su hermana, que no esperaba una salida como esa:
— ¿Lo dice uno de los informes? Irene negó con la cabeza y comentó con fingida seriedad:
— Recibí fotografías.
— No bromees — le reprochó Lilith.
— Sólo digo la verdad — y remarcó : — dicen que es una persona algo desequilibrada, de hábitos extravagantes, y moral dudosa. También hablan de que tiene tendencias antisociales.
— Te envían una psicópata.
— Tal vez. Pero es lo mismo que algunos periodistas dicen de mí.
Lilith se fue y Irene continuó trabajando. Pronto conocería a la nueva embajadora. Recordando como había sido el anterior, esperaba verla presentarse con una lista interminable de reclamos y protestas.

 

En la embajada de la Ciudad, la llegada de Nadia Kovaleski no causó mayores sobresaltos. El último embajador había sido retirado luego de una serie de incidentes provocados por su carácter mesiánico. Ahora el personal estaba convencido de que cualquiera fuera el que lo substituyese, sería mejor.

 

Sin embargo, la doctora Kovaleski no venía con una carta de recomendación. Como casi todos los que eran enviados a la Tierra, tenía antecedentes negativos. Había estado a punto de ser ejecutada por indeseable. Finalmente la necesidad de cubrir el cargo que había quedado vacante había primado sobre el estricto cumplimiento de la ley.

 

Alexander Carr, un historiador de la era pre-Ciudad, fue el encargado de recibirla:

 

Bienvenida, embajadora.

 

Gracias. Dígame ¿Ha transmitido mi orden?

 

Por supuesto. El personal la espera en la sala de conferencias principal.

 

La flamante embajadora y Carr se dirigieron a la sala de conferencias. Minutos después se hallaba frente a un grupo numeroso de personas. Casi todas estaban allí por no cumplir estrictamente los estándares de la Ciudad. Ya fuera por tener un defecto físico leve o por una conducta poco correcta, no eran bienvenidas en la Ciudad. Había algunas excepciones pero para ellas venía una orden de traslado. Para los demás sus capacidades los habían salvado de un destino peor…, hasta ese momento.

 

Los he reunido para comunicarles las últimas instrucciones que la Ciudad nos envía. Tengo una lista con los que recibirán el traslado a la Ciudad; para los demás, las órdenes son muy simples: dentro de poco esta embajada y quienes aquí trabajan no serán necesarios. Para ser exactos, la Ciudad ya no dependerá de la existencia de la Tierra. Será libre para recorrer el Sistema Solar y valerse de sus recursos. Seremos eliminados, y así les proporcionaremos una razón conveniente para la destrucción definitiva de la Confederación. Desconozco la fecha exacta, pero queda poco tiempo.

 

No necesito decir que eso elimina la posibilidad de cualquier otro pedido de ascenso o traslado que puedan hacer. Ya hemos sido seleccionados para el cumplimiento de tan importante misión.

 

Nadia leyó rápidamente la lista. Hubo gestos de alivio entre los nombrados y miradas de resignación o enojo en los ojos de los demás. Se detuvo, observó a los presentes y continuó:

 

¿Hay alguna pregunta? Si no es así, pueden retirarse. Tenemos trabajo que hacer.

 

Casi todos se fueron, pero algunos permanecieron en su lugar mirando a la doctora Kovaleski con enojo. Finalmente, fue Alexander Carr quién se atrevió a hablar, y lo hizo con estudiada cortesía:

 

Si me permite, debo decirle que es costumbre agasajar con una cena a los recién llegados. Tal vez usted sea la última, pero no hay motivos para romper la tradición.

 

Nadia se sorprendió mucho pero procuró no mostrar ninguna emoción ¿Sería una trampa? Dadas las circunstancias parecía absurdo. Decidió aceptar.

¿Quiénes irán?

 

Nosotros tres y usted. No se permiten reuniones numerosas fuera del horario de trabajo. Si está de acuerdo la esperamos esta noche a las 20 hs, hora local. Será en mi departamento.

 

Nadia asintió en silencio. Después se retiró. Dorian miró preocupado a su compañero:

 

¿Crees que podemos confiar en ella, Alex?

 

No tenemos opción — Fue la resignada respuesta de Alexander.

 

 

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2 comentarios

  1. Esta entrada me gusta doblemente: A) Por motivos puramente literarios (pocos escritores me generan tantas ansiedad de más) donde todo el mérito es suyo (resuenan aplausos ensordecedores para Iris) y B) Por Nadia (aquí los motivos se vuelven más secretos y brumosos). Su mérito en este punto es concurrente con mi ansia.
    Frases memorables:
    — Eso es extraño—, comentó Lilith, que desconfiaba de todo aquello que no comprendía. Y como comprendía muy poco, vivía en un estado de perpetua suspicacia.
    Será hasta la próxima entrega. 🙂

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    • Se lo agradezco.Temo no estar a la altura de tanto elogio (sonrojo).

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