Cuentos de un mundo descosido

Cuentos de cuya autoría soy culpable

Terremoto: 2ª parte

Manuel no se limitó a eso, también dio una entrevista personal a Eduardo García, con el consiguiente enojo de quienes no fueron elegidos como entrevistadores.

Sé que todos hablan hoy de la catástrofe en la isla, pero quisiera hablar un poco de la situación interna de la Confederación.

Manuel asintió.

Por supuesto. Me parece justo.

Magdalena dijo algo muy importante ¿Qué hay de la solidaridad interna?

Me pareció una crítica parcial e injusta por parte de ella. Hay decenas de programas nacionales, destinados a fomentar el empleo, la construcción de vivienda social, mejorar el acceso a salud y educación, el ICTI y el ICTA llevan años ayudando a los pequeños productores y a las PYMEs. Y no nos olvidemos de la obra pública, que ha crecido exponencialmente en estos años para brindar infraestructura a la producción.

Todo eso suena como estar a favor de la felicidad, pero hay un gigantesco déficit de viviendas, los alquileres son altos, las PYMEs aún tienen dificultades para acceder al crédito…

Estamos trabajando en un proyecto para ampliar el porcentaje de créditos que la banca pública y privada deben destinar a PYMEs y cooperativas. Se va a relanzar el proyecto de construcción de viviendas por cooperativas, y se aumentará la alícuota impositiva las viviendas deshabitadas. No digo que hayamos resuelto todos los problemas, pero trabajamos en ello.

Eso ha despertado críticas de la oposición, algunos dicen que interfiere con el rol ordenador del mercado, y otros, la izquierda clásica, que las medidas son más ornamentales que prácticas.

El rol ordenador del mercado es una entelequia, sólo naturaliza la desigualdad. Y no veo cómo fomentar el crédito a las PYMEs es ornamental.

Eduardo lo miró pensativo. Luego preguntó abiertamente:

¿Cuál es rol que debe tener el estado, para usted? ¿Y el mercado?

Creo que su papel es limar las desigualdades, y garantizar un piso mínimo de derechos para todos. El mercado es muy eficiente generando riqueza, pero no distribuyéndola.

Eso suena a capitalismo con rostro humano ¿lo cree posible?

Sí, claro. Por ahora no hay otro modelo disponible. El socialismo fracasó ostensiblemente.

Eduardo asintió, no muy convencido.

Su decisión de enviar a Eva Russo a la isla fue muy cuestionada.

No veo porqué. Ella es muy capaz. Y está cumpliendo su tarea como Secretaria General.

No lo veo tan claro.

La ayuda internacional forma parte de sus atribuciones.

Claro…

Manuel sonrió.

Usted subestima a Eva. Pero cuando llegue el momento ella les tapará la boca a todos.

Eduardo lo miró sorprendido. Luego acotó:

Eva tiene buena oratoria, pero ¿no depende excesivamente de usted?

Manuel lo miró enojado:

Esa es una calumnia. Si fuera hombre no la cuestionarían tanto.

Si hubiera accedido al cargo por estar casado con usted, igual sería criticado.

Está en el cargo por sus cualidades. Y fue votada por una mayoría contundente. Dígame ¿su esposo es un buen periodista?

Sí, lo es ¿por qué lo pregunta?

Trabaja para usted ¿no le parece que accedió al cargo injustamente?

No es lo mismo, no se trata de un cargo político. También trabaja para el canal estatal, y yo no lo designé en ese cargo.

Pudo elegir a otro u otra. No es el único especialista en internacionales. Pero prefirió a alguien de su confianza…

Eduardo cambió rápidamente de tema.

Lo hecho ¿no es una intromisión en asuntos internos de la Nación?

La solidaridad no admite fronteras. Si la catástrofe hubiera sido en nuestro territorio no rechazaríamos la ayuda de otras naciones.

El periodista se rió estruendosamente.

Espere sentado, si cree que tendrá la ayuda de la Nación.

Robert Ball nos autorizó. Si decide echarnos nos iremos sin protestar. Aunque los únicos perjudicados serán los habitantes de las islas.

Es verdad.

Eduardo le tendió la mano al presidente. Éste la estrechó.

Le agradezco la oportunidad, señor presidente.

Lo mismo digo yo. Creo que la gente merece oír la otra campana.

Esta última frase fue levantada por Martín Castro para ironizar diciendo que la otra campana eran ellos. Y en un lapsus increíble agregó:

La libertad de expresión está en que los medios privados puedan decir lo que quieran. No es para los medios públicos.

En la isla, Pedro Brunner y Laura Rodríguez se encontraron en un campo de refugiados.

Creía que no te gustaban estas cosas— se burló Pedro.

No me gustan. Dejaré que mi camarógrafo trabaje y pondré mi mejor cara de conmiseración.

Eres invaluable — rió él.

Lo soy, no te hagas la graciosa.

Pedro ignoró esta última respuesta y se fue a entrevistar a la gente del lugar y a los voluntarios.

Una de las entrevistadas fue Elizabet López, la líder de las Madres.

Sí, aquí hay mucha necesidad, en cierto sentido está todo por hacer, pero con ayuda de Dios y de nuestros compañeros estamos saliendo a flote—. Dijo la mujer.

Pero ¿por qué aquí? Estamos en territorio de la Nación.

Estamos en cualquier lugar en el que haga falta ayuda. Ya sea en la Confederación o fuera de ella.

¿Cuál es su objetivo principal? ¿los niños? ¿las familias? ¿reconstruir las viviendas?

Hay de todo, pero nosotras trabajamos principalmente con las madres, que son las que mantienen en pie a sus familias. Ya sea cosiendo, cultivando su huertita, vendiendo lo que pueden. Pero lo mejor es que se están organizando, unas cuidan a los chicos mientras las otras trabajan…

¿Qué hay de los hombres?

Ellos se desaniman porque no tienen empleo, y a veces se ponen violentos. Con la reconstrucción volvieron a tener un papel porque son ellos los que sacan los escombros y levantan de nuevo las casas.

Y ¿a largo plazo?

En eso están trabajando el ICTI y el ICTA, alentando microemprendimientos productivos en los que ellos se sientan incluidos.

Por otra parte Laura consiguió lo que quería, entrevistó a una familia muy asustada que le dijo:

Hay mucha vagancia acá, y con el terremoto aprovechan para robar lo poco que tenemos, que hemos ganado a fuerza de trabajo.

¿Mucha violencia?

Sí, no se puede salir porque te roban, te matan o te violan. Por suerte está el ejército que sino…

¿Qué opina de las organizaciones que vienen a ayudar?

A mí nadie me dio nada. Sólo ayudan a los vagos. Malacostumbran a la gente.

La periodista fingió no ver que la vivienda, que también era un comercio, estaba intacta y era una de las pocas que tenía luz y agua potable. Habló de gente trabajadora, desamparada y dejada a su suerte por todos, mientras se ayudaba a gente vaga e indeseable.

En el Congreso se debatía que hacer con la isla. Rápidamente se llegó a un consenso. Los extranjeros debían irse. El ejército podía hacerse cargo y además no convenía malacostumbrar a la gente con ayudas.

Robert Ball recibió la orden con displicencia. No quería más problemas y así se lo dijo a George Hamilton, presidente de la Cámara de Diputados.

Es una locura pero no me importa. Igual yo ya me voy.

Todavía es el presidente.

Y pronto lo serás tú ¿verdad?

Oh, es muy pronto para decirlo, aún debo ganar las internas, y luego las elecciones. Lamento que usted haya tenido que renunciar a su candidatura.

Robert rió suavemente:

Xavier te eligió a ti. Lo demás es mero show.

George palideció:

No sea indiscreto. Sabes que a él no le gusta…

¿Ser mencionado? ¿Qué me hará? ¿Pedir mi renuncia? Se la daría en el acto. Extraño poder vivir sin tener que pedir permiso por todo, chatear, jugar en red, en fin, ser libre…

Podría excluirlo de la Ciudad…

El presidente suspiró, resignado:

Xavier tendrá lo que quiere. Y tú también.

¿Algún consejo?

Milton Riker siempre te será de gran ayuda. Cuídate de Ronald, y sobre todo de ya sabes quién. Y no molestes a Bradbury.

¿Bradbury? ¿Le trajo problemas?

En absoluto. Si le das lo que pide es una seda.

George lo miró, sorprendido. Luego se burló:

Yo no soy como usted. Le mostraré quien manda.

La carcajada de Robert fue estruendosa. George se retiró sin saludar, muy confundido.

Horas después la noticia corría como un reguero de pólvora por las redes sociales: la Nación expulsaba a todas las agrupaciones de ayuda humanitaria y ponía al ejército a cargo de la isla.

Eva Russo recibió la novedad como un balde de agua fría.

Quiso hablar con Robert Ball pero sólo la recibió Milton Riker.

Deben irse todos, sin excepción. Llévese a esas absurdas mujeres de pañuelos blancos, sus funcionarios, los voluntarios, a todos.

¿Qué pasará con la gente?

No es asunto suyo. Si no se van usaré al ejército contra todos ustedes.

Eva se mordió los labios.

De acuerdo. Imagino que dejará trabajar a los periodistas de la Confederación.

Milton sonrió fríamente:

Si se quedan en el hotel. Afuera no podemos garantizar su seguridad.

Eso es un atentado a la libertad de información.

¿No me diga? Denúncielo a la SMP, de seguro le harán mucho caso.

Eva Russo frunció el ceño, pero no contestó.

Poco después Eva Russo anunciaba el retiro de todas las misiones humanitarias de la isla, aclarando que lo hacía por pedido expreso de la Nación. Lo mismo hicieron los representantes de las “Ciudades Libres” , y los chinos.

La protesta de los isleños fue inmediatamente reprimida por el ejército. Los reclamos de la Confederación al respecto fueron ignorados olímpicamente.

Martín Castro no cabía en sí de la alegría. Era un completo fracaso de Eva y no había forma de ocultarlo.

Que el presidente saliera públicamente a respaldarla le parecía más patético todavía.

No dudó en pedir públicamente la renuncia de ambos y una pequeña manifestación tomó su consigna, lo que fue ampliamente festejado por Martín.

No festejó tanto cuando una manifestación de signo opuesto, es decir, de apoyo a Eva y Manuel duplicó los números de la anterior.

Pero su reacción fue rápida. En una nota en el periódico de más tirada se las arregló para argumentar:

1) Que la gente fue traída por dinero o por amenazas.

2) Que eran pocos y que el número estaba inflado con extranjeros.

3) Que reflejaba miedo e inseguridad por parte del presidente.

4) Que trataban de intimidar a la gente de bien con esa multitud violenta.

Eduardo García se encargó de responderle, reprochándole su incoherencia y el cebarse en la desgracia ajena para pegarles a Manuel y Eva.

El intercambio no duró mucho, las noticias locales hicieron que la gente olvidara rápidamente el incidente. Era la final del campeonato y un equipo chico iba alzarse con el trofeo de campeón, para desconsuelo de casi todos los periodistas deportivos y de los apostadores crónicos.

En el hotel, Pedro Brunner se paseaba en el hall, lleno de nerviosismo, con un chupetín en la boca. María Laura se burló de él.

¿Qué pasa, niño?¿ No te vinieron a buscar tus padres?

Pedro la miró sorprendido.

Es que necesito tener algo en la boca o en las manos cuando estoy nervioso.

María Laura se sonrojó, y ahora fue Pedro quién se rió:

¡Qué mal pensada eres! Me refiero a que dejé de fumar hace poco.

Entonces deberé fumar por tí — dijo ella y encendió un cigarrillo.

Está prohibido fumar aquí ¿No sabes leer los carteles?

¡Bah! Eso es una tontería. Si es necesario pagaré la multa.

Él se encogió de hombros y se sentó, algo alejado de ella ,eso sí

Como quieras.

¿Extrañas a los desharrapados?¿por qué no te vuelves a la Confederación?

Espero instrucciones, igual que tú.

Laura Rodríguez se puso seria momentáneamente.

Pareciera que se han olvidado de nosotros. Como si fuera divertido estar encerrados esperando a ver que nos dicen los militares de aquí.

Ten paciencia — la consoló él — pronto volveremos a casa. Estoy seguro.

Ella suspiró fastidiada:

¡Y ni siquiera pude hablar con Ronald Cox! Su guardia personal no me dejó acercarme.

Creo que son sus colaboradores.

No seas ingenuo ¿quién tiene colaboradores de 2 metros de alto y 2 de ancho, con cara de pocos amigos?

Pedro asintió.

Tienes razón.

Luego ambos permanecieron en silencio hasta que sus respectivos teléfonos sonaron. Se apresuraron a contestar. La charla fue corta.

Al finalizar la charla, Pedro lucía radiante, y ella desanimada.

¡Me relevan! Enviarán a Raúl Torres.

A mí , en cambio, me ordenan permanecer aquí.

Lo siento.

Olvídalo, no quiero tu lástima.

Pedro ignoró el último comentario, le dio una palmadita en la espalda y se dirigió a su habitación a buscar sus cosas.

La joven maldijo en silencio la política gremial de proteger a los periodistas casados por sobre los solteros.

Pocas horas después de la partida de Pedro Brunner, hubo una fuerte protesta con palos, piedras y bombas incendiarias frente al hotel.

Laura temblaba de miedo, encerrada en su habitación, rezando más fervorosamente que nunca.

Por suerte para ella, la gente no logró ingresar al hotel, y fueron rápidamente detenidos por los militares.

Mientras tanto, Pedro llegó sano y salvo a su casa, y fue recibido por su familia.

Victoria corrió a abrazarlo. Eduardo permaneció unos pasos atrás, sonriendo.

¡Papá! ¿Me trajiste un regalo?

Pedro la alzó y riendo le dijo:

No, pequeña. No pude conseguir nada en este ocasión.

Victoria hizo un mohín, pero luego contraatacó:

Tienes que llevarme al parque…

Claro que sí.

Pero primero debes hacer la tarea— le recordó Eduardo que se acercó y tomó el bolso de Pedro.

La niña protestó, sin éxito. Los tres entraron en la casa. Pedro bajó a la niña y fue a sentarse en un sofá. Se veía muy cansado. Eduardo se sentó a su lado. Le acarició el pelo mientras decía:

Estaba muy preocupado…

Pedro sonrió:

Sólo nos retuvieron en el hotel. Fue más aburrido que peligroso.

Eduardo se sorprendió:

¿No lo sabes? Atacaron el hotel.

Debo haber salido antes. No vi las noticias durante el viaje ¿Sabes si Raúl llegó bien? ¿Y Laura?

Se veía un poco nerviosa, pero es lo normal después de semejante susto. Creo que Raúl todavía no llegó.

Pedro asintió. Eduardo lo besó y le dijo.

Ve a dormir un poco. Te despertaré cuando esté lista la comida.

De acuerdo — dijo y se dirigió a la habitación. Al poco rato dormía plácidamente.

En la isla, la situación se agravaba día a día. Pero la única reacción de la Nación era mandar más tropas.

El Papa Miguel ofreció su mediación, pero fue rechazado con destemplanza por Robert Ball.

La respuesta de Miguel II fue condenar enérgicamente la falta de caridad cristiana de Ball.

Pero nada concreto sucedió. La represión hizo mella en la gente y poco a poco, volvió la resignación a la isla. La verdadera “isla Maldita” seguía siéndolo tal, aunque nadie la llamara así.

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