Cuentos de un mundo descosido

Cuentos de cuya autoría soy culpable

El final de Richard Bradbury

El Papa Ignacio miró con reprobación a su interlocutor. Este último era nada menos que George Hamilton, el flamante presidente de la Nación.

 

El Vaticano necesita su ayuda. Los descastados nos están cercando.

 

Tenga calma. La Ciudad estará lista muy pronto y con gusto se le brindará refugio en ella.

 

¿Insinúa que debo dejar el Vaticano a esos terroristas?

 

Dios está en todas partes. De seguro no se molestará por un cambio de sede de su representante en la Tierra.

 

El tono irónico de las últimas palabras fue evidente. Ignacio frunció el ceño.

 

Usted no es católico ¿verdad?

 

Casi nadie lo es en mi país, Su Santidad. Pero somos cristianos y comprendemos su preocupación.

 

Oh, sí ,claro…

 

Usted nació en la Confederación ¿Por qué no intercede para que ésta deje de proteger criminales?

 

Hago lo que puedo. Eva es muy terca.

 

Pero está muy enferma ¿verdad? Y su sucesor parece más…influenciable.

 

No es de buen cristiano desear la muerte a alguien, pero sí, tiene razón.

 

George sonrió, pero no dijo nada. Ignacio cambió de tema.

 

Me preocupan ciertos rumores que he oído. Dicen que los “bright” no murieron y que trabajan en la construcción de la Ciudad.

 

Sí, fue un arreglo hecho por mi antecesor, y yo lo mantuve. Son útiles. Igual ya se están muriendo. Las condiciones de trabajo ¿sabe?

 

No es ético que la ciudad dependa de criminales para existir.

 

El presidente se encogió de hombros.

 

Considérela una condena a trabajos forzados.

 

¿Qué hay de Richard Bradbury?

 

Un gran científico y mejor estratega. Es un privilegio contar con él.

 

¿A pesar de su ego?

 

Nadie es perfecto, salvo Dios.

 

Los rumores que hay sobre él son cada vez más fuertes. Me han dicho que él lleva una vida de pecado…

 

No me consta. Es un hombre casado hace ya varios años,él y su esposa tiene un hijo, y a él no se le conocen otras mujeres.

 

Mujeres, no, ciertamente — Rió con malicia el Papa— Pero tiene un colaborador…muy cercano, un tal Oscar Sagan.

 

Meras calumnias, Su Santidad. Y ahora, si me disculpa, tengo una reunión con Bradbury.

 

Ignacio captó la indirecta y se retiró. Al poco rato entró Richard Bradbury y se sentó.

 

Se está haciendo famoso— Se burló George.

 

El desconcierto de Richard fue evidente.

 

¿A qué se refiere?

 

Ignacio me habló de usted— murmuró el presidente.

 

Oh, ¿Algo sobre la Ciudad?

 

George negó con la cabeza.

 

Más bien sobre su vida privada. Me temo que hay rumores acerca de usted y Oscar Sagan. Le aconsejo que le pida la renuncia. Eso limpiará su nombre.

 

La ira de Richard era indisimulable.

 

¡Cómo se atreve! Eso sí que no se lo permito. Jamás le pediría algo así a Sagan. Y mucho menos por un tonto rumor.

 

Es por su propio bien. Cesarán los rumores…

 

Si insiste en pedir la renuncia de Sagan, con gusto le daré mi renuncia. Pero sé que no lo hará, soy indispensable mientras la Ciudad esté en construcción.

 

Nadie es indispensable.

 

Despídame ,entonces.

 

George movió la cabeza, desalentado.

 

¿Qué tiene Sagan que está dispuesto a perderlo todo por él? Su actitud confirma los rumores.

 

Nadie está calificado desde el punto de vista técnico como él. Y es el autor del proyecto. Su sucesor tendría primero que interiorizarse de todo lo hecho. Una pérdida de tiempo y dinero inadmisible. No es nada sentimental.

 

Su hijo parece bastante profesional.

 

Aún es un principiante.

 

¿Crees que no reconozco una racionalización.? Se aferra con uñas y dientes a ese hombre. Nadie hace eso por un simple empleado.

 

Nunca dije que fuera simple.

 

¡Soy el presidente! Le ordeno que se deshaga de él. No tolero la inmoralidad.

 

La risa de Richard fue estentórea. Su voz, sin embargo, sonó amable y burlona.

 

¿Usted me habla de moralidad? ¿Qué hay de Susan, Mónica, Isabel, Sandra, Judith, Karen, Luisa, Carrie? Laura se pondrá muy triste cuando lo sepa.

 

No tiene pruebas.

 

Oh, sí que las tengo. Sería una lástima que perdiera su reputación de buen republicano, por uno, dos o más deslices…

 

No se atrevería.

 

Intente quitarme a Sagan y verá de lo que soy capaz.

 

George observó pensativo a Richard. Todo rastro de amabilidad había desaparecido. Su mirada era dura y amenazante.

 

Está loco, Richard. Recapacite..

 

Yo no caeré. Su sucesor tendrá que recurrir a mí.

 

Su soberbia lo perderá.

 

Richard se encogió de hombros. Con desdén le preguntó:

 

¿Qué decide?

 

¿Qué quiere?

 

Su promesa de que no molestará a Sagan. Y más dinero. La Ciudad es costosa. Casualmente venía a pedirle un aumento de presupuesto, cuando usted salió con su moralina barata e hipócrita.

 

George asintió resignado.

 

Tendrá lo que quiera.

 

Gracias.

 

¿Sabes que una llamada a Ronald Cox puede sellar su destino?

 

Él quiere salvarse y la Ciudad es el único camino. No hará nada.

 

Por ahora. Pero recuerde mi advertencia.

 

Dígale que no le temo. Yo soy el futuro de la Ciudad, él un delincuente con privilegios.

 

Unas cuantas tapas y la gente pensará lo contrario.

 

No tengo las manos manchadas de sangre, como ustedes.

 

A la gente no le importa eso.

 

Déjenos en paz y no tendrá que averiguar si eso es verdad.

 

Por ahora. Pero le advierto que me pagará esta humillación.

 

Los hombres amenazados viven por años — rió Bradbury y se retiró.

 

Una vez en la Ciudad, Richard mandó a llamar a Sagan.

 

Lo saben — le dijo con voz monocorde.

 

Renunciaré. Así al menos se salvará tu reputación.

 

Ni se te ocurra. Además no es necesario. Ya lo resolví. Al menos por ahora.

 

Oscar frunció el ceño.

 

Ya sabes que no me gustan tus métodos.

 

Pero funcionan ¿No es así?

 

Sagan no contestó. Richard tomó sus manos entre las suyas:

 

Siempre serás un idealista. Por eso es que me gustas tanto.

 

Sagan se sonrojó y Richard rió. No discutieron más.

 

Mientras tanto George tuvo una corta y decepcionante charla con Ronald Cox. No sólo no estaba dispuesto a ayudarlo sino que insistió en que la Ciudad era la prioridad máxima.

 

No quiero terminar como la Señora — fueron sus palabras.

 

Pasaron los años. Eva había muerto de un cáncer fulminante para alegría de toda La Nación y en su lugar, el nuevo presidente Daniel Rojas le había concedido a la nación todo cuanto ésta había pedido, incluso nuevos contingentes de científicos y técnicos para la Ciudad.

 

Pero entonces ocurrió algo terrible. Oscar Sagan enfermó gravemente. A los pocos meses, los médicos le dijeron que no le quedaban más que unos días de vida.

 

Richard Bradbury lo cuidó durante esos meses, dejando de lado toda preocupación por su imagen. El hijo de Sagan, Edward Sagan, pareció comprenderlo y se turnaba con él para acompañar al enfermo.

 

El resultado fue que el hijo de Richard fue tomando lentamente su lugar, a medida que éste descuidaba su trabajo para estar con Oscar.

 

Una noche, Edward llamó a Richard. Éste fue con su esposa, Ana, que insistió en acompañarlo.

 

Los médicos dicen que no pasará de esta noche — explicó el joven.

 

¿Puedo verlo? — Preguntó Richard. Edward asintió. Junto a él estaban su esposa Linda Franklin y su pequeño hijo, Dorian.

 

¡Richard! Viniste—murmuró Oscar.

 

Claro ¿Qué esperabas?

 

Estoy muriendo ¿verdad?

 

Richard asintió. Acarició el pelo del enfermo mientras sonreía tristemente.

 

La Ciudad…

 

Estará bien. Hiciste un buen trabajo.

 

Oscar sonrió con dificultad. Miró a Richard.

 

Te amo— le dijo. Richard besó suavemente sus labios. Unos minutos después Oscar Sagan moría.

 

¡Papá! — gritó Edward. Linda abrazó a su hijo, que miraba , desconcertado.

 

Richard permaneció abrazado a Oscar hasta que su esposa lo apartó con delicadeza y se lo llevó. A sus espaldas, la familia del difunto lloraba sin consuelo.

 

Richard caminaba como en sueños, guiado por su esposa, que lo llevó a casa en silencio.

 

Ya en la casa, Richard miró a su esposa:

 

Gracias— dijo — has sido leal y me has cuidado. Nunca te lo dije, pero en verdad te agradezco todo lo que hiciste por mí.

 

Sabes que siempre puedes contar conmigo.

 

Lo sé. Eres la mejor esposa que un hombre podría tener.

 

Ella se sonrojó.

 

Me voy a mi despacho — Anunció él.

 

No estás en condiciones de trabajar, querido.

 

No voy a trabajar.

 

Te llevaré un café.

 

Richard asintió, y se dirigió a su despacho, entró, y cerró con llave. Luego se sentó en su escritorio y miró el primer cajón fijamente.

 

Ana fue a la cocina y sirvió café. Su hijo entró en ese momento y preguntó que hacía. Ella se lo contó.

 

Oscar Bradbury palideció.

 

Allí tiene su arma— dijo, y corrió hacia el despacho, seguido por su madre. Cuando llegaron escucharon ,nítido, el sonido de un disparo. El joven trató de abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave. Finalmente logró forzarla.

 

Frente a ellos,caído sobre el escritorio, yacía Richard, sin vida, con un disparo en la sien. Ana cayó de rodillas , sollozando. Oscar permaneció impasible y avisó a las autoridades correspondientes. Luego fue a consolar a su madre.

 

Al día siguiente, Oscar Bradbury y Edward Sagan hablaban con George Hamilton.

 

Mi padre fue un héroe y debe ser enterrado como tal.

 

Claro, pero dadas las circunstancias de su muerte…

 

Se lo debe. Y también está en juego la reputación de las familias ¿deben acaso, pagar justos por pecadores?

 

No, claro que no — carraspeó el presidente —. Pero entiendan, yo ya me voy. Hablen con mi sucesor.

 

No hay tiempo.

 

Su reputación también está en juego. Usted lo encubrió. No querrá ser juzgado por eso, y menos ahora que pronto será un ciudadano común y corriente.

 

Está bien. Se silenciará todo lo relacionado con el motivo del suicidio. Diremos que fue un accidente y recibirá honores de héroe — dijo, algo fastidiado—¿Satisfechos? .

 

Claro que sí — dijo Oscar. Edward se limitó a asentir.

 

Cuando se fueron, George maldijo a los dos difuntos y exclamó:

 

¡Ni siquiera muerto Richard Bradbury deja de molestarme!

 

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