Cuentos de un mundo descosido

Cuentos de cuya autoría soy culpable

Prisioneros

Una niña miraba el cielo estrellado. Esa noche no podía dormir y se preguntaba si allí alrededor de esas incontables estrellas no habría un planeta en el que , alguien como ella, se hiciese las mismas preguntas.

Finalmente se quedó dormida. Días después recordó lo sucedido y decidió preguntarle a su madre:

Mamá ¿Crees que haya gente como nosotros en otros mundos?

No sé — respondió su madre de mala gana—. Termina rápido tu desayuno o llegarás tarde a la escuela.

Imperturbable la niña le respondió:

Cuando sea grande seré astronauta y viajaré por el espacio para comprobarlo.

No digas tonterías ¿Quién querría casarse con una astronauta? Además casi todas las estrellas están tan lejos que nadie las alcanzará jamás… sin importar si hay planetas con gente allí o no.

La niña no dijo nada. Para su madre todo lo maravilloso era imposible. Ella le demostraría que estaba equivocada.

Decidió pues, hablar con su padre. La conversación, por llamarla de algún modo, fue decepcionante. Su padre estaba viendo un partido de fútbol y le ordenó que se dejase de molestar y fuese a jugar con las muñecas.

Los adultos no saben lo que es importante, pensó la niña, mientras se dirigía a su habitación.

Los días pasaron: la niña iba a la biblioteca y allí leía libros de astronomía durante horas, lo que motivó que sus amigas la abandonasen y que sus maestros le reprocharan su bajos desempeño en clases.

Lo que leyó la desanimó mucho: la estrella más cercana (después del Sol, claro está) estaba a 4,28 años luz de distancia. Ninguna nave espacial podía llegar allí en un lapso razonable. Y las demás estrellas estaban más lejos aún: algunas eran inalcanzables incluso yendo a la velocidad de la luz, algo imposible de todos modos.

Además la radiación era muy intensa fuera de la Tierra y aún mayor fuera del sistema solar, por lo que el astronauta podía morir de cáncer antes que de viejo durante el trayecto.

Su madre tenía razón. Eso era algo que no podía soportar.

Siguió leyendo con la esperanza de hallar alguna versión diferente. No fue así. Por el contrario descubrió otra terrible verdad: al parecer el sistema solar no existiría por siempre y mucho menos, la Tierra. El sol se convertiría en una gigante roja y la Tierra se evaporaría en su interior.

La humanidad no podía huir fuera del sistema solar, sólo queda esperar ver el fin de la Tierra y, a lo sumo , tratar de subsistir en colonias espaciales dentro del sistema solar hasta que el sol habiendo pasado primero de gigante roja a enana blanca y finalmente de enana blancas a enana negra dejara de emitir luz.

El hogar de todos parecía más bien una cárcel inexpugnable. La idea le asustaba un poco, pero a la vez se sentía satisfecha de sí misma. Ninguno de sus compañeros de clase parecían saberlo. O ¿acaso lo sabían y fingían ignorarlo para no sentir temor o tristeza por el fatal destino de la humanidad?

Los años transcurrieron. La niña creció, terminó sus estudios, consiguió trabajo, se casó, tuvo hijos, se divorció. Tuvo una vida normal y olvidó las preguntas que la atormentaban en la niñez. Incluso retó a sus hijos cuando le hacían las mismas preguntas.

Este podría ser el final de la historia pero no lo es. Pasaron los siglos y la humanidad se extinguió sin haber salido jamás del sistema solar.

Sin embargo en otra galaxia, más precisamente la galaxia principal del Cúmulo Local, aquella que los humanos llamaron Andrómeda, una especie vivía y prosperaba. Habían enviado misiones no tripuladas a miles de estrellas y colonizado cientos de planetas. Pero preferían las colonias autónomas; islas flotantes en medio del espacio con sus propios generadores de fusión gracias a los cuales obtenían la energía necesaria para el sustento de la colonia.

En una de esas islas uno de los colonos más jóvenes discutía apasionadamente:

Aunque las dos galaxias principales lleguen a colisionar entre sí es poco probable que haya una colisión entre sus estrellas o planetas. Recuerden que las distancias que separan los astros son inmensas. Estaremos a salvo. Y si no fuese así siempre podemos dejar la Galaxia. Hay millones de ellas para colonizar en el universo. Nuestra especie está a salvo.

Te contradices — fue la respuesta de otro joven— Esa distancia es mayor que la que hay entre cualquiera de las estrellas de la Galaxia. No podríamos salir a tiempo de ella. Recuerda que aún no hemos logrado recorrerla por completo.

Hablas de nosotros como si fuesemos prisioneros.

En cierto modo, lo somos — fue la respuesta.

Al fin la discusión cesó y quedó olvidada en un mar de actividades cotidianas.

Los milenios pasaron. La especie se extinguió, como muchas otras, sin salir jamás de Andrómeda.

Pero el final de una especie no es el fin de la vida. Navegando en el vació espacio interestelar enviando misiones a explorar galaxias, pero sin aposentarse nunca en ninguna vivía una especie de auténticos nómades del espacio.

Sus vidas se extendían por milenios y las empleaban en recorrer el espacio viajando al 99,9% de la velocidad de la luz a través de los espacios interestelares. Viajaban en grupos muy pequeños que no se cruzaban casi nunca o nunca.

¿Que más podríamos pedir?—comentó uno de ellos usando para ellos el tradicional método de lanzar objetos a un agujero negro y lograr así emisiones de rayos x que componían el mensaje—. Tenemos el universo a nuestra disposición. No hay lugar adonde no podamos llegar.

Siglos después llegó una respuesta. Era del más anciano de ellos.

No podemos salir del universo.

Esto le hizo reflexionar. Claro que no tenía sentido querer salir del universo , porque este lo abarcaba todo. Pero sabían también que el universo tendría un fin. Para escapar debían poder salir del universo y la verdad es que ni siquiera lo habían logrado recorrer por entero. Se suponía que era plano e infinito pero algunos creían que era finito.

Por curiosidad lanzó un nuevo mensaje:

Si lográramos revertir el aumento de la entropía no sería necesario escapar… el universo sería siempre habitable ¿Verdad?

Siglos después la respuesta fue:

Se ha intentado varias veces. Nunca se logró. Y si el universo resulta ser finito las cosas se pondrán peores…

El ser murió pensando que debía haber una respuesta mejor pero que el tiempo no le había alcanzado para hallarla…

Cuando el universo comenzó a volverse inhabitable comenzó la huida en busca de lugares seguros, cada vez más escasos. Fue una agonía terrible para la especie que finalmente se extinguió desapareciendo así la última especie viviente que había.

Nunca lograron escapar del universo ni comprobar si su universo era el único o habría otros más , con leyes físicas distintas…

La vida se extinguió sin dejar rastros y la soledad más absoluta reinó en el multiverso, entre universos que nacían y morían…

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2 comentarios

  1. elsudacarenegau

    Iris… dejate de joder!…Me agarró como una clasutrofobia… Qué cosa las palabras: te llevan a lugares remotos, te liberan, te oprimen. Me encanta tu estilo. Atrapa de entrada, no se puede dejar hasta el final y uno se entristece con el fin. Gracias!. Debo reponerme con un Cachafaz, o para este caso, lo mejor será un Capitán del Espacio. http://www.taringa.net/posts/info/963483/Alfapost—Capitan-del-Espacio.html

    Me gusta

  2. 🙂 Gracias por el elogio, renegau.
    Y le acepto un alfajor, nunca viene mal.

    Me gusta

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