Cuentos de un mundo descosido

Cuentos de cuya autoría soy culpable

El viaje de Nadia: una chica curiosa

Cuando Nadia Bricht nació, muy pocos se enteraron: sus padres, la enfermera y el médico que atendían a su madre. Tampoco fue una noticia que emocionara a casi nadie (probablemente a sus padres, pero es discutible).

Su madre eligió como nombre para ella Nadia, porque estaba convencida de que significa “esperanza” en ruso, lo que evidenciaba más su exceso de optimismo que sus conocimientos del idioma.

Era la menor de 4 hermanos, y como tal fue malcriada y sobreprotegida en sumo grado. Fue la única de la familia que no tuvo que trabajar y estudiar al mismo tiempo, y también la primera en llegar a la universidad.

Durante su niñez se destacó en todo, menos en hacer amigos: excelente en los deportes individuales, sobre todo en el atletismo; una alumna académicamente brillante, pero odiada por docentes y alumnos por igual: los primeros la tachaban de soberbia y los últimos la despreciaban por traga.

Tal panorama no mejoraba en la clases de religión, a las que debía asistir por exclusiva decisión de sus padres. Insistía en hacer preguntas y en rebatir los argumentos de su catequista con argumentos no muy ortodoxos, lo que invariablemente enfurecía a sus compañeros (y a la catequista).

Cansada de escucharla, la catequista llamó al sacerdote para ver si la hacía entrar en razón. Después de unos minutos decidió recurrir a un método que consideraba infalible: le narró una anécdota de la vida de San Agustín. En ella relataba que encontrándose Aurelio Agustino paseando por la playa, meditando sobre los misterios de la fe vio a un niño que corría al mar, juntaba agua entre sus manos y la depositaba en un pozo cercano que había cavado. Después de observarlo en sus idas y venidas, se acercó al niño y el preguntó que hacía. Él le contestó que estaba intentando meter toda el agua del océano en su pozo. Aurelio Agustino se rió y le explicó al niño que era imposible verter toda el agua del océano en su pequeño pozo. El niño lo miró muy serio y le respondió que era más fácil introducir toda el agua del océano  en su pozo, que embutir los misterios de la fe en su limitado entendimiento. El niño era un ángel y la revelación transformó la vida de Aurelio Agustino. Al llegar a ese punto el sacerdote interrumpió su relato al notar la mirada burlona de la niña.

—¿No puede tomar nada en serio? Esto es importante…

— Me recordó la descripción que hacía Isaac Newton de sí mismo.

—¿Qué tiene que ver Newton con esto?

— Aunque sabía que el inmenso océano del conocimiento se hallaba frente a él, inexplorado, no renunció al conocimiento. Y su legado sigue siendo una buena manera de describir el mundo que nos rodea, una buena aproximación al menos. No puedo decir lo mismo de su admirado San Agustín.

— Eso es blasfemia…

— No fue mi intención ofenderlo, pero es bastante molesto tener que escuchar sermones sólo porque les molesta que haga preguntas. Dudar no es un defecto, sino una virtud.

— Pero sus preguntas interfieren con las clases. No puede permitirse que incite a los demás niños a dudar de la existencia de Dios, ni que le falte el respeto a la Biblia diciendo que es un libro de ficción.

— La Biblia no es más que una colección contradictoria de relatos pasados de boca en boca por generaciones, hasta que se reunieron en una versión escrita. No refleja más que las creencias y conocimientos de un pueblo atrasado, aún para su época. Incluso el valor de sus relatos históricos es discutible, ya que se halla en contradicción con la historiografía de pueblos contemporáneos con mayor tradición de historiadores, y más aún con la historiografía moderna, con excepción, claro está, de aquellos que insisten en hacer encajar indicios aislados como pruebas de la veracidad del relato bíblico, aunque más no sea a martillazo limpio.

— Si es tan escéptica, jovencita. ¿Qué hace molestando en mi clase? Vaya a su casa a leer los libros de Richard Dawkins.

— Si convence a mis padres, no estaría  mal. Aunque se equivoca si cree que estoy en todo de acuerdo con las afirmaciones de Dawkins. A diferencia de él, yo sí quiero creer, pero de no cualquier modo. Necesito evidencia.

— Al buen cristiano le basta la fe.

— No es mi caso.

— Váyase, hablaré con sus padres después.

— De acuerdo.

Nadia se fue a su casa, muy tranquila. El sacerdote permaneció unos instantes en silencio y finalmente murmuró mientras tomaba el teléfono:

— Los jóvenes nos creen tontos, pero los viejos sabemos que ellos lo son.

La noticia cayó como una balde de agua fría sobre los padres de Nadia, que se enojaron muchísimo y la amenazaron con severos castigos. Después se resignaron, esperando que su actitud fuese una fase transitoria y que por sí sola volvería al redil. Intentaron eso sí, convencerla por vías indirectas: no le daban regalos en Navidad, ni en el día de Reyes señalando que eso era para los creyentes. La dejaban con la niñera con estrictas órdenes de no salir a jugar cuando iban a misa o viajaban aprovechando el fin de semana largo de la semana de Pascuas.

Pero el resultado fue distinto del esperado: a ella le gustaba estudiar, y en verdad no tenía amigos con los cuales jugar. Además, sus hermanos mayores terminaron apiadándose de ella y se encargaban de darle ellos su correspondiente regalo, a pesar de las advertencias de sus padres. Así, tres años después del incidente, se resignaron a lo que parecía inevitable.

Llegó a la adolescencia, y se volvió aún más introvertida que antes. A diferencia de sus hermanos que comenzaron a perseguir chicas desde temprana edad (con disímiles resultados),  y de su única hermana, que marcaba 1.34 s  la milla, la joven Nadia solo corría carreras de atletismo y pasaba largas horas en la biblioteca. Ciertamente esto le valió las burlas de sus compañeros, aunque no muchas; ya que sus dos hermanos eran muy sobreprotectores y no necesitaban mucho tiempo para convencer a los bromistas de las virtudes del silencio.

No fue ninguna sorpresa que fuera becada para estudiar en una de las prestigiosas universidades. Para ese entonces, su hermana estaba casada y tenía cuatro hijos, mientras que sus hermanos habían conseguido empleo  y vivían en otra ciudad.

Sería eso sí, la primera vez que enfrentaría el mundo sola. El resultado fue predecible: enseguida se destacó en la carrera elegida (Física) y al mismo tiempo logró pasar por completo desapercibida en la vida social del campus. Habiendo perdido gran parte de su carácter contestatario sólo le quedaba  la introversión como característica más destacada.

Se graduó con honores pero, para desesperación de su madre, nunca tuvo novio, o novia; ni siquiera un pagafantas.

A ella no pareció importarle  y se alegró mucho cuando pudo viajar a EEUU a hacer su doctorado. Allí se encontró con un ambiente más enrarecido de lo que esperaba: una oleada de fanatismo religioso había llegado incluso a las universidades más importantes. Nadia se encontró inmediatamente enemistada con los religiosos, pero no se llevaba bien del todo con los ateos, porque cuestionaba que la falta de fe fuese un motivo de orgullo.

Un día mientras se dirigía al complejo de apartamentos en el que vivía se cruzó con un grupo de “renacidos” que comenzaron a insultarla y a amenazarla. Al principio no les hizo caso, luego les respondió y finalmente decidió que era peligroso seguir allí y emprendió la huida. La persiguieron pero ella era muy ágil y logró evadirlos.

Se hallaba tratando de recuperar el aliento, cuando oyó una voz irónica a sus espaldas:

— Realmente sabes hacer enfurecer a la gente.

— No es difícil enojar a un fanático. Viven perpetuamente indignados.

El extraño se rió sonoramente ante esas palabras. Nadia se dio vuelta pero no vio a nadie. Sólo había una especie de una bruma luminosa. De repente la niebla pareció condensarse y tomar forma humana. Finalmente la luz se dispersó y apareció frente a ella  la figura de un joven de tez pálida, largos cabellos negros y ojos de un color indefinido.

— ¿Quién eres? — preguntó desconcertada — O mejor dicho ¿Qué eres?

—  Soy un ángel  — murmuró solemnemente, pero se detuvo al oír la risa de Nadia.— ¿No me crees, verdad?

—  Claro que no. ¿Por qué habría de tomar en serio semejante afirmación? ¿Sólo por un poco de niebla y juegos de luces?

El joven pareció muy molesto. Nadia observó un brillo amenazante en sus ojos.

— No tengo tiempo que perder. Tenía pensado ser amable, pero si decides ponerme objeciones no tendré más recurrir a un método directo. Necesito que me acompañes.

— ¿Adónde? Y ¿Para qué?

— Ya te lo explicaré después — dijo él y la tomó bruscamente del brazo. Ella gritó de dolor, pero él ignoró sus protestas y la arrastró consigo  — No puedo permanecer mucho tiempo en este lugar… Emmanuel se daría cuenta.

Continuará…

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3 comentarios

  1. Nadia me hipnotizo!.
    Muy Bueno amiga.

    Me gusta

    • Gracias.Ojalá no lo haya decepcionado la segunda parte.

      Me gusta

      • La segunda parte no la leí ,pero lo haré mas tarde . Aunque la primera impresión es lo que vale. No creo que me decepcione…
        Un Beso!

        Me gusta

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