Cuentos de un mundo descosido

Cuentos de cuya autoría soy culpable

Cuentos para los niños de la Ciudad

Los habitantes de la Ciudad casi no hablaban de su historia,ni de la historia previa a ella salvo algunos relatos sobre su fundación. Pero contaban en cambio a sus niños esta historia, quizá apócrifa, para justificar su odio a la gente de la superficie de la Tierra: en particular por los rebeldes de las “ciudades libres”. De la Confederación preferían no hablar.

Aquí va el relato:

                                          Los descastados

 

Esa era una ciudad ideal en una Nación ideal. O al menos eso creían sus habitantes. Era un porción perfecta de un país perfecto. Lamentablemente su perfección despertó el odio y la envidia de los que se quedaban afuera.

¿Quiénes estaban afuera? Afuera estaban los descastados: seres con genes defectuosos, incapaces para la vida pero muy capaces para el robo y el pillaje. Afortunadamente las fuerzas de seguridad evitan que esos seres ingresen en nuestras ciudades y perturben la pacífica vida de los ciudadanos.

Nuestro mundo es el más justo que ha existido jamás: todos tienen exactamente lo que merecen. No hay favoritismos ni arbitrariedades. Los genes lo determinan todo. Quienes tienen genes que les permiten mandar mandan. Hay quienes están programados para ser leales y obedecer, y lo hacen…También hay engendros:seres rebeldes incapaces de cumplir con la misión que se les ha asignado en la vida, los descastados. Ellos no viven en nuestras ciudades.

La tecnología nos permite vivir más de cien años, y hasta construir una Ciudad en el espacio que algún día será el orgullo de la humanidad.Si pudiéramos comunicarnos con otros mundos ¡Que lecciones les daríamos ahora que hemos dejado de lado las utopías y llegado a la edad de la sensatez!

Pero no todo no es fácil. Aunque los descastados digan que contaminamos sin control y que nuestro consumo es excesivo, son críticas interesadas. Si podemos consumir tanto es porque somos eficientes y nadie controla la contaminación mejor que nosotros.

Y, escuchen esto: ¡Nos acusan de la gran mortandad que hay entre ellos! Hablan de desigualdad, pobreza y discriminación. Como si estuviéramos obligados a darles la comida en la boca a quiénes son incapaces de velar por sí mismos y sus hijos.

Nuestros problemas tienen nombre: son los descastados, criaturas llenas de odio y envidia. Ellos quieren destruirnos y destruir la civilización para llevar a todos a una vida de miseria. Imagínense: quieren que la gente camine, en vez de usar sus autos particulares porque según ellos, contaminan…

No habrá paz hasta que desaparezca el último de los descastados: hay que luchar , y el enemigo puede venir en cualquier momento…

El joven corría desesperadamente. Su organismo, debilitado, apenas resistía la carrera. Detrás de él venían un par de policías cómodamente ubicados en su patrullas. El sabía que no podía correr más rápido que ellos así que se dirigió a una zona peatonal llena de gente. Sabía que los policías darían un rodeo para no asustarlos.

Su presencia en la ciudad estaba dando muchos problemas a los agentes de seguridad. La idea lo hizo sonreír. Nadie esperaba que un descastado entrase y menos tan fácilmente como él.

Era una misión importante la que lo traía a ese lugar: conseguir medicamentos para los habitantes de su “ciudad libre”,una infraciudad, una ciudad descastada, donde conseguir medicamentos que no estuviesen adulterados era una hazaña.

No era la primera vez que entraba a una ciudad,pero sí la última.Llevaba años buscando el medicamento que lo salvaría y cuando lo halló ya era tarde. Aún así aceptó una última misión, última porque no viviría para una próxima.

Mi abuela fue afortunada, se dijo. Aún no se nos erseguía tanto cuando ella vivía. Y vivió 50 años, más que muchos de sus hijos. Más que él mismo que no llegaría a los 18 años.

El joven había llegado a su objetivo: un edificio desde el cual se controlaban los traslados de medicamentos.Entró sin dificultad: tenía las claves necesarias. Manipulaba los controles rápidamente. No había tiempo que perder. Pronto el edificio estaría rodeado por policías.

Por suerte allí todo era automático: ´el sabía como llegar y eludir los controles. Había sido muy tonto el error que lo delató. Su enfermedad, ya muy avanzada, lo había tornado descuidado.

Su misión era desviar los envíos de medicamentos a un sitio donde el resto de su equipo los estaba esperando. Ellos le enviarían un mensaje encriptado diciéndole que habían completado su misión. Quedaría luego para él el borrar todo rastro del cambio para que no los rastrearan…

Los mensajes de la policía advirtiéndole que debía salir con las manos en alto y desarmado comenzaron: sabían que no podía escapar y por eso se tomaban su tiempo.

Obviamente él había sellado las entradas, no podría permitir que interrumpieran su tarea.

Lo llamaban por su número, eso lo hizo reír una vez más. Todo descastado era identificado por un número que se sacaba a partir de su secuencia genética.Pero él tenía nombre: se llamaba Jacob. Ese era el nombre que le puso su abuela. Y él le había salido torcido, haciendo honor a su nombre.

-Éxito- decía  el mensaje que recibió. Lo había logrado. Ahora sólo debía borrar sus huellas.

Él pudo haber ingresado a una ciudad. Pudo haber estudiado en su universidad: hubiera sido un gran informático. ero su enfermedad se lo impidió. La inmigración que aceptaba la ciudad no incluía enfermos que acrecentaran su gasto en salud.Los medicamentos eran para los habitantes de las ciudades, no para los descastados.

Jacob se sentía tranquilo. Haber cumplido su misión era suficiente para él . Y estaba tan cansado… Bueno , pronto podría descansar. Abrió las puertas…

Los policías entraron con gran precaución . No hallaron resistencia. Cuando llegaron a la habitación donde estaba Jacob descubrieron que había muerto hacía poco tiempo.

Uno de los policías suspiró aliviado:

– Un descastado menos. Y este sí que nos dio problemas.

– Lo que no entiendo es cómo resistió tanto. Estaba moribundo cuando entró.

– Esos descastados son tan egoístas que se niegan a morirse con tal de causar problemas- respondió su compañero.

– Los descastados no se rindieron- concluyó un policía años después frente a un nutrido grupo de escolares-. Si no fuera por la Ciudad, donde hallamos refugio, habrían logrado su objetivo. Tuvo un final feliz pero pudo ser trágico. Aún puede serlo. Si se los digo no es para asustarlos: ustedes son el futuro de la Ciudad y deben saber que amenazas enfrenta.

– Señor-preguntó uno de los niños- ¿Cree que los descastados cambien y dejen de odiarnos algún día?

El policía sonrió bondadosamente ante tanto candor y respondió:

– Los descastados son seres con genes defectuosos: no pueden evitar envidiarnos. Es algo inevitable. Yo asumí la tarea de defender la Ciudad y ustedes lo harán también de diferentes maneras en el futuro.

Los niños aplaudieron y la maestra sonrió: la clase había sido un éxito. El policía, ya viejo y gordo, también sonrió, pensando en aquel día en el que él fue un héroe…

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