Cuentos de un mundo descosido

Cuentos de cuya autoría soy culpable

La enfermedad

Daneel había crecido preguntándose que era esa misteriosa enfermedad. Su pueblo, los celestiales, habían conquistado todos los confines del planeta y se habían animado a pisar el suelo de sus satélites más cercanos.

Parecía que ninguna amenaza podría con ellos pero la enfermedad diezmaba a los celestiales mayores de 13 años. Los que sufrían los primeros síntomas: mareos, debilidad, hemorragias,  sabían que no se salvarían. Como la enfermedad era contagiosa se los ponía en cuarentena pero al día siguiente ya estaban muertos.Había otros que sufrían síntomas más leves, unas ligeras molestias que daban tiempo para administrar el tratamiento que los salvaría a condición de tomarlo de por vida. Ese medicamento había salvado a los celestiales de la extinción.

Daneel tenía 11 años y era el único hijo del dueño de la fábrica que tenía la patente para la producción del SAE, tal era el nombre del fármaco. El chico había oído que su padre era el salvador de los celestiales y estaba muy orgulloso de él pero al mismo tiempo se preguntaba porque morían tantos y tan rápido si el medicamento era tan eficaz.

La respuesta de su padre fue que a veces los síntomas aparecían cuando la enfermedad estaba muy avanzada. Averiguando un poco más, Daneel descubrió que el SAE era muy caro y que quienes no podían pagarlo eran enviados a cuarentena sin tratamiento.

Furioso fue a reclamarle a su padre y éste riéndose le dijo:

– No hay nada gratis en este mundo, hijo mío. La droga es muy difícil de sintetizar. Me costó años de esfuerzo ¿Por qué debería darla gratis ?

-¿No te importa que la gente se muera? Tienes una fortuna ¿cuánto dinero más necesitas?

– ¿Prefieres que regale mi fortuna? ¿Morirías tú por ellos? Yo también necesito el medicamento y lo pago. Si ellos no se esfuerzan es culpa suya.

-¡Son niños, papá!

– Sus padres debieron preverlo: si no pueden pagar las medicinas para sus hijos, no deberían tenerlos- dijo el hombre pero al ver que su hijo comenzaba a llorar su voz se dulcificó y trató de consolarlo agregando:

– Yo he creado una fundación que paga el tratamiento de muchos niños que han sido becados y que no tienen recursos pero sí voluntad de superación. Y lo pagamos de por vida. No podemos salvar a todos pero tampoco es verdad que abandonemos a las personas a su suerte.

Daneel asintió, no muy convencido. Su mejor amigo, Gabriel, había muerto hacía casi un año y nadie podía convencerlo de que era alguien sin voluntad de superación…

Su padre pareció adivinar su pensamiento porque dijo:

– Lo de tu amigo fue una desgracia, la enfermedad se presentó prematuramente y de forma fulminante. No fue culpa de nadie que muriese.

Daneel asintió nuevamente en silencio. Su padre lo miró con preocupación pero no dijo nada. Se retiró presuroso pensando que no debía descuidar el trabajo en el laboratorio. Sus negocios andaban bien y tenía gente que los atendía pero se resistía a abandonar las investigaciones. Eso era indelegable para él.

El chico reflexionó en silencio mientras completaba mecánicamente las tareas que le habían encargado en la escuela.

Había otra cosa que lo intrigaba: ¿realmente la enfermedad era contagiosa? ¿Por qué no permitían ver a los enfermos durante la cuarentena? Cuando quiso visitar a Gabriel le dijeron que la enfermedad lo había deformado tanto que lo afectaría mucho verlo. Después le comunicaron que había muerto. Fue cremado y sus cenizas se esparcieron al viento según la costumbre de los celestiales.

Después de dudarlo mucho juntó valor y se metió un día en la zona de cuarentena: para ello robó dinero a su padre y lo usó para sobornar a los guardias y llevó también una tarjeta magnética que le encontró y que conjeturó le sería útil.

Logró entrar y  al principio no vio nada notable.Era de noche y todo estaba silencioso. Sin embargo había una construcción al fondo que lo intrigó. Se dirigió allí e intentó usar la tarjeta magnética para entrar. Para su sorpresa, funcionó. Ingresó al lugar con desconfianza. Había muchas habitaciones: entró en una de ellas y se asustó al ver varias camillas ocupadas por seres deformes. Asustado, retrocedió. Sin embargo sintiéndose avergonzado entró a otra habitación. Allí también había numerosas camillas con esas personas deformes, pero hubo algo que lo conmovió mucho más. En una de las camillas, deforme y con una mascarilla de oxigeno y un tubo en la garganta, estaba Gabriel.

Daneel se acercó a la camilla. Gabriel, habitualmente delgado, estaba mostruosamente obeso. Hasta sus facciones se habían redondeado. Conservaba eso sí, su cabellera rubia, aunque lucía sucia y despeinada. En ese momento Gabriel abrió los ojos. Pareció reconocerlo y le hizo señas de que quería hablarle. El tubo se lo impedía y él intentó quitárselo. Daneel le dijo que no debía hacerlo porque corría riesgo de asfixiarse si se lo quitaba pero su amigo negó con la cabeza y siguió forcejeando.

Al fin Daneel decidió ayudarlo y con mucho cuidado le quitó el tubo y la máscara. El muchacho tosió varias veces pero parecía respirar sin problemas. Inmediatamente después Gabriel habló. Lo hizo con una voz rara,  como si hubiese inhalado algún gas de esos que tornan aguda la voz. En otras circunstancias le hubiera parecido cómica pero la desesperación la tornaba dramática.

– Por favor, ayúdame, sácame de aquí.

Daneel no entendía nada: se suponía que su amigo estaba muerto y en vez de eso resultaba que aunque claramente afectado por una deformidad que casi no le permitía moverse, estaba vivo y encerrado en aquél lugar, al parecer contra su voluntad.Gabriel volvió a pedirle que lo sacara de allí y entonces él tomó una decisión. Desconectando la maraña de tubos y cables liberó a su amigo que se incorporó con dificultad. Daneel tuvo que ayudarlo a ponerse de pie porque su inmenso abdomen  le dificultaba los movimientos. Lentamente se dirigieron a la puerta, atravesaron el pasillo y justo en la salida se encontraron con un grupo de guardias que lo miraban con severidad.

-No sabes en qué problemas te has metido, jovencito- dijo uno de ellos tomándolo por el brazo y sacándolo de aquél lugar. Llegó a oír los gritos de su amigo, cada vez más débiles y aunque forcejeó no pudo liberarse.

-¿Qué le hacen? Déjenlo salir- Gritó a su vez

-Sólo un loco dejaría salir a esas cosas. Son peligrosas.

-¡No es una cosa! Es mi amigo.

-Tu amigo ha muerto. Créeme, es mejor así- y agregó enigmáticamente mientras lo sacaba del edificio- tal vez tú termines cómo él algún día.

-Mi padre nunca permitiría eso- respondió el joven pero el guardia se rió.

-Hay cosas que ni tu padre puede evitar.

En la puerta lo esperaban unos funcionarios de rostro más adusto aún, que lo arrastraron a un vehículo sin decir palabra. Mientras se alejaban de ese terrible lugar, Daneel comenzó a pensar en las palabras del guardia y a preguntarse si su padre se enteraría a tiempo de su situación, y si llegaría a tiempo para rescatarlo…

Daneel fue llevado a una celda. Pasó allí toda la noche. Finalmente a la mañana temprano lo fueron a buscar y lo llevaron a una habitación donde los únicos muebles eran un escritorio y dos sillas. Un hombre que el chico recordó haber visto en el laboratorio de su padre lo miraba con algo de conmiseración.

-¿Sabes  realmente en que problema te has metido? La infracción que cometiste se castiga con la muerte cuando el infractor es un adulto. Si bien aún eres un niño deberías ser consciente de que las leyes están para cumplirlas y que no se puede infringirlas impunemente.

-Admito que al principio actué por curiosidad y fui imprudente. Pero ustedes han hecho algo peor ¡ Mienten y mantienen encerrada contra su voluntad a mucha gente!

-Los aislamos para evitar el contagio. La enfermedad mata más lentamente de lo que se cree pero es muy contagiosa. Para los familiares es menos cruel pensar que la muerte fue rápida y no que sufren por meses y que están horriblemente deformados.Hacemos lo que podemos para paliar su sufrimiento pero hasta ahora mueren sin ninguna mejoría.

-¿Cree que soy imbécil? Vi como lo arrastraban de regreso a la habitación. No llevaban protección alguna. No temían al contagio. Temían que se escapara y pudieran ver que está vivo cuando lo declararon muerto.

-¿Vio a su amigo? ¿Cree que podría vivir normalmente en sociedad?Su mente y su cuerpo están destruidos. Todos se horrorizarían de su aspecto. Hasta su familia…

– No trate de convencerme. Gabriel se veía horrible pero era el mismo de siempre. No está loco y la apariencia no es motivo para encerrar a nadie. Hablaré con mi padre y él los desenmascarará.

El hombre se rió a carcajadas:

– ¡Rafael sabe todo esto! ¿Por qué crees que inventó ese medicamento?

-Mi padre jamás aprobaría lo que ustedes hacen.

-Pregúntale tú mismo.

En ese momento entró en la habitación Rafael, en compañía del Patriarca Emmanuel. Rápidamente se acercó a su hijo y le dió un puñetazo en el rostro. Daneel lo miró sorprendido y preguntó:

-¿Por qué me pegas? ¿Es por qué te robé la tarjeta y un poco de dinero?

– Lo que hiciste fue muy peligroso.

-Pero descubrí algo importante ¡Gabriel está vivo! Tienes que ayudarlo…

-Está recibiendo ayuda

– ¡ Lo tienen encerrado! Eso no lo ayuda.

– ¿Y tú que sabes, mocoso? Yo estudié por años esa enfermedad. Logré desarrollar un medicamento para prolongar la vida  de todos nosotros. Antes los que llegaban a esa edad no tenían más opción que padecer la enfermedad. Los enfermos vagaban libres y hasta pretendían dirigir la sociedad. Yo desarrollé la droga cuando tenía doce años y convencí a un pequeño grupo  de tomarlo . Crecieron sin sufrir la enfermedad y logramos poco a poco encerrar a estos seres deformes y sumar más gente sana . Y tú quieres arruinarlo por un sentimentalismo barato ¡Tu amigo está muerto! Lo que quedó es un ser incapaz de razonar, peligroso para sí mismo y los demás.

-Pero no los matan, al menos no enseguida…,no creo que sea por compasión. Tú me estás ocultando algo.

El  Patriarca Emmanuel, que hasta entonces había permanecido en silencio, intervino, y le reprochó a  Rafael :

-Eres un buen científico pero fuiste irresponsable como padre. Retírense. Yo hablaré con el chico y le explicaré todo.

Rafael y el otro funcionario agacharon la cabeza y se retiraron compungidos ante la sorpresa de Daneel . El anciano que acababa de entrar era el jefe espiritual de los celestiales, el más sabio de todos. Se sentó frente a Daneel y lo miró con curiosidad.

– Dime, hijo mío ¿has asistido a las clases de formación espiritual?

– Sí- contestó Daneel- Gabriel y yo asistíamos juntos.

– ¿Y les hablaron allí de la misión que tiene cada celestial en el mundo y que ésta es decidida por el Creador?

– ¿Qué misión sería ser encerrado de por vida?

– El sufrimiento purifica las almas. Pero el encierro es necesario para proteger a la sociedad de seres tan agresivos. Yo les doy ayuda espiritual y les pido calma y resignación, pero algunos insisten en querer huir y hay que vigilarlos.

Daneel fingió creerle, le preguntó qué podía hacer por su amigo y el patriarca le respondió:

– Rezar por el pronto alivio de sus males y el eterno descanso de su alma. Ya que te has preocupado tanto por él, prometo avisarte cuando el alma del pobre Gabriel abandone su cansado cuerpo y halle la paz. Tu padre insiste en que es mejor no saber, pero yo no estoy de acuerdo. Es un gran consuelo, y siempre es preferible la verdad a la más piadosa de las mentiras.

El muchacho sonrió ampliamente ante estas palabras y le agradeció. El patriarca se retiró y minutos después su padre entró y le dijo que lo llevaría a la casa. Estaría castigado por un mes, pero él se aseguraría de que no hubiese problemas legales.

Al día siguiente, Daneel pidió a su padre permiso para ir a la biblioteca. Se había atrasado mucho en sus estudios, dijo, y aunque estaba castigado no quería perder el año escolar. Rafael le dió permiso aunque le advirtió que controlaría que el horario de entrada y de salida en su tarjeta. No quería descubrir que había vuelto a entrar en el edificio prohibido. Su hijo juró que ni siquiera se acercaría a él.

Y cumplió. Pasó horas enteras leyendo y navegando por miles de páginas de libros reales y virtuales. Aprendió sobre la biología de las diversas especies que poblaban el planeta y halló un dato que lo intrigó: casi todas las especies animales pasaban por cuatro etapas en su vida. La primera, en la que los individuos crecían y se desarrollaban pero eran asexuados, en la segunda alcanzaban la  madurez sexual en su forma activa. Esta etapa era relativamente corta y debían buscar reproducirse rápidamente. Para ello requerían la contribución, por así decirlo, de individuos que estuvieran en la tercera etapa de madurez sexual en su forma pasiva. Estos últimos no hacían nada salvo esperar ser fecundados y llevar dentro de sí al futuro recién nacido (si eran vivíparos) o poner huevos (si eran ovíparos). La etapa pasiva podía durar varios años. La última etapa era de esterilidad y decadencia física y su duración variaba de una especie a otra. En algunas no existía porque los individuos morían antes.

Este dato le hizo buscar libros de biología sobre los celestiales para comparar. No estaban accesibles para alumnos de su edad pero usó la tarjeta de su padre, esta vez con su permiso, pretextando querer realizar estudios más avanzados que la simple literatura colegial.Le parecía extraño que los celestiales no pasaran por esas etapas naturales. Lo que encontró le demostró que su intuición era verdadera. Los celestiales alcanzaban la segunda etapa aproximadamente a los 13 años. La etapa activa duraba normalmente de seis meses a un año pero podía prolongarse con un tratamiento hormonal (¿el inventado por su padre?) hasta unos cincuenta años, a expensas de la pasiva. Si se dejaba seguir el curso natural de las cosas al final de la etapa activa le seguía la pasiva que duraba de 20 a 30 años y luego la cuarta etapa de que era la vejez y que podía durar de 10 a 50 años, según el estilo de vida llevado.

En ese momento comprendió todo. Las ilustraciones mostraban que la etapa pasiva se caracterizaba por cambios en la morfología muy pronunciados, similares a los que vio en su amigo, que no estaba enfermo, pues, y ciertamente, no era contagioso. El exceso de peso se debía a un avanzado estado de embarazo. El “medicamento” no curaba . Evitaba pasar por la etapa pasiva. En vez de ello, se vivía casi toda la vida en la etapa activa y se pasaba directamente a la vejez sin ese estadio considerado como negativo por los autores del libro pero necesario para la supervivencia de la especie. En el libro se decía que los “pasivos”, también llamados “hembras” en otros libros carecían de inteligencia y eran peligrosos, pero en las otras especies esos seres cuidaban de las crías y hasta eran capaces de buscar comida por su cuenta, así que le pareció una opinión tendenciosa.

La mención del funcionario a que antes estaban libres le hizo pensar que estas frases tendían a justificar su encierro. El “tratamiento” consistía en sedarlas y mantenerlas permanentemente embarazadas hasta que morían o se las mataba. Pero lograban la “salvación de su alma”, se dijo  con ironía.

Al llegar a su casa lo esperaba una sorpresa. El Patriarca había venido a verlo. Inmediatamente supo que traía malas noticias. Se sentó frente a él y esperó.

-Gabriel ha dejado de sufrir- dijo el anciano- Murió mientras cumplía su misión.

Daneel sintió  que el mundo se le derrumbaba encima. Luchó por no llorar, pero fracasó, y entre lágrimas preguntó si había muerto durante el parto.

El uso de esa palabra escandalizó al patriarca que le preguntó dónde había oído ese término abominable, y le advirtió que no lo volviera a usar. Daneel no lo oyó, seguía llorando ,y continuaba así cuando el religioso se retiró, incómodo.

Su padre lo encontró llorando. Venía muy serio. Pero al verlo no lo retó. Con gesto de cansancio le dijo:

– Ven conmigo.

El joven lo acompañó sin ofrecer resistencia. Su pasividad asustó al padre hasta el punto que le preguntó si sabía adonde se dirigían.

– No me importa- fue la respuesta. Había dejado de llorar y miraba a lo lejos sin ver.

– Vamos al edificio prohibido.

Daneel no dijo nada. El camino transcurrió en silencio. Cuando llegaron Rafael le comunicó que sabía de sus lecturas y que había descubierto la verdad.

-Esta vez el castigo será la muerte. No te preocupes, no sufrirás.

– ¿Quién cuidará del recién nacido? – fue la sorprendente respuesta.

– Me fue encargado a mí, como compensación.

– Me alegro. Será lo mejor para él.

– Supongo que te metiste a investigar con el fin de hallar un modo de salvar a Gabriel . ¿Realmente creíste que podías salvarla? ¡Qué iluso!- le dijo-  Es una locura.

-Nunca morirías por nadie. Ya me lo habías dicho. Yo soy diferente…

El hombre movió la cabeza apesadumbrado. Su voz se dulcificó al decir:

-Te dejaré verla por última vez.

Bajaron juntos del auto y entraron en el edificio. Rafael lo llevó a una habitación en la que se encontraba el cadáver de Gabriel tendido en una camilla. Daneel se inclinó sobre la camilla, le acomodó el flequillo y le besó la frente. Su padre hizo una señal con la mano y unos enfermeros lo sujetaron mientras otro le colocaba una inyección en el brazo. El joven no se resistió y cayó de rodillas desmayado. Minutos después, murió.

Rafael respiró aliviado. Había salvado a los celestiales de una revelación que podía derrumbar los cimientos de la sociedad. Y se retiró llevando en brazos a la criatura que habría de criar, esta vez con más cuidado…

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