Cuentos de un mundo descosido

Cuentos de cuya autoría soy culpable

Ulises: El secuestro de la “señora”

Cuando Ulises nació, nadie le auguraba un futuro próspero. Años después, tampoco. Había tenido la mala suerte de nacer en una de las islas periféricas de la Nación, situada en las cercanías de la llamada “isla maldita”. Su madre había tenido tres hijos antes que él y tendría tres hijas y un hijo después. Su padre había tomado la precaución de desaparecer antes de que él naciera, al igual que los padres de sus hermanos. No sabía si su padre había muerto o si se había ido a los suburbios de alguna ciudad grande en el continente a probar suerte, lo que —según su madre— era casi lo mismo.

Pero pronto comprendió que no valía la pena preguntar. Creció casi sin ayuda y a los seis años ya hacía changas, mendigaba o robaba según como fuera la mano. Sin embargo se las arregló para ir a la escuela. Allí se convirtió en el chico más detestado tanto por sus compañeros, como por los profesores. Los demás niños lo odiaban por estudioso y sabelotodo; los profesores detestaban que los dejara en ridículo por tomarlos demasiado en serio.Con el tiempo sus altas calificaciones le valieron una beca para estudiar en la universidad más importante de la Nación. Su madre decidió que valía la pena gastar el poco dinero que tenía en educar al único de sus hijos que no había abandonado la escuela. Así que reunió todo el dinero que tenía y se lo dio para que viajara…Al principio todo funcionó bien: era un alumno ejemplar, aunque algo introvertido. Sin embargo, luego de la paranoia generada por la existencia de los “brigths” (que no se disipó del todo luego del simulacro de ejecución para consumo popular que se realizó con los últimos) su situación se complicó. Se lo consideró sospechoso y se le quitó la beca cuando le faltaban pocas materias para graduarse.Así que volvió a su casa. Su madre había muerto y su abuela se había hecho cargo de la familia. Su llegada no le causó mucha alegría pero tampoco generó protestas…

Poco después había vuelto a su rutina de empleos temporales. No parecía muy interesado en cuestiones políticas y sí en dejar abundante descendencia ilegítima…, para fastidio y resignación de su abuela que era, por así decirlo, la que se hacía cargo de sus “platos rotos”.

Por eso fue una sorpresa para todos los que lo conocían saber que se había convertido en un “terrorista” buscado por las autoridades.Claro que no era el único…, el mundo se había vuelto muy inseguro a medida que la construcción de la Ciudad (así con mayúscula, puesto que nadie se atrevía a darle un nombre) avanzaba. Las comunidades de naciones (como la antigua Unión Europea) y las naciones se desgajaban en la periferia de la Nación formando islas urbanas cada vez más aisladas entre sí. China e India amenazaban con desbordar sus fronteras, tratando de hallar una válvula de escape a su insoportable superpoblación, y África, tan pobre y colonizada como siempre, era una mera expresión geográfica. Solo la Confederación del Sur permanecía unida y crecía, pero esa era otra historia. También en la Nación avanzaba la multitud procedente de la periferia de los grandes centros urbanos, que, entre esperanzada y resignada, se amontonaba en las cada vez más numerosas infraciudades. Un nombre muy pomposo para agrupamientos humanos que cercaban y amenazaban con poner sitio a las verdaderas ciudades de la Nación.

Esas infraciudades resultaron ser un caldo de cultivo para grupos de delincuentes comunes y terroristas. Muy pronto la Nación debió responder militarizando los alrededores formando una especie de anillo. Se esperaba así controlar todos los movimientos de sus habitantes hacia el exterior… El resultado fue desastroso: verdaderas cárceles a cielo abierto, donde regían las mismas normas que en prisión.

Ulises había permanecido bastante ajeno a todo, hasta que Grace Teller, nada menos que la accionista mayoritaria de un holding que controlaba casi todas las empresas importantes de la región, compró parte de la isla. Poco después llegó a la isla acompañada de miles de soldados, mercenarios y toneladas de maquinaria. Los isleños pudieron trabajar unos meses para ella, pero al mismo tiempo iban quedando confinados a un rincón de la isla, que se hacía cada vez más pequeño a medida que la construcción avanzaba. Sin que su abuela lo supiese, él se unió a una de las bandas que surgieron allí. Al poco tiempo ya era el jefe. Su fama se extendía a las afueras de la Nación: había llegado a ser visitado por el papa y aún el líder de la naciente Confederación había condescendido hablar con él. Pero no se conformó con eso, quiso hacer algo en verdad extraordinario, algo por lo cual fuera recordado siempre …

Ese algo fue un secuestro. La víctima, la señora Grace Teller vivía en una mansión custodiada por un ejército privado y con un sistema de seguridad muy caro y sofisticado. Cuando salía, la seguridad que la rodeaba no era menor.

Esto último no sucedía muy a menudo. La señora Teller había quedado cuadripléjica desde hacía ya muchos años y dirigía sus negocios a distancia mediante una serie de chiches tecnológicos.La enfermedad había deformado horriblemente su cuerpo, aunque no su mente, que seguía tan lúcida como siempre.

Ulises no pudo evitar un estremecimiento al verla. Se dijo que a pesar de todo, ”eso” que yacía allí era una mujer. Debía pensarlo así… Con voz temblorosa se atrevió a bromear.

No se moleste en levantarse, señora.

Grace miró a Ulises con desprecio y sin demostrar temor, aunque, eso sí, muy sorprendida. No podía creer que hubiese llegado hasta allí a pesar del complejo sistema de seguridad con el que contaba su mansión. Mentalmente lo catalogó como un joven revoltoso más. Ciertamente su barba de pocos días y su melena alborotada lo convertían en un estereotipo ambulante. Solo le faltaban la cinta roja en la frente o en su defecto, una boina del mismo color.

No creo que haya venido hasta aquí sólo para hacer un chiste tan malo.

De ningún modo. Por cierto, no intente distraerme para pedir ayuda. Sus guardias no están disponibles y a mí no me costaría mucho convertirla en un perfecto vegetal. Después de todo, ya casi lo es…

La mujer permaneció en silencio. Ulises hablaba con seguridad y firmeza: señaló la maraña de cables y tubos a los que estaba conectada y dijo:

Muy ingenioso. Si cesa su actividad cardíaca se activa una alarma, y las fuerzas de seguridad sabrían que tienen el camino libre para atacar porque ya no tendríamos rehén. Pero nada me impide desconectar todos los chiches que le permiten comunicarse con el exterior y dar órdenes. En realidad — dijo desconectando algunos cables —, con esto ya no podrá comunicarse con nadie fuera de su mansión. Le advierto que no me sería difícil hacer más incómoda su estadía. Aunque pienso que estaría haciéndole un favor si la matase. No tiene sentido vivir siendo un estorbo para los demás.Eso pienso de usted. Yo sigo una vida honesta y me he sobrepuesto a todas las dificultades.

Dificultades tienen los habitantes de la isla. Ha sido muy eficaz diezmando su población.

Son intrusos en mi propiedad.

—Llegaron antes que usted a esta isla.

La antigüedad no garantiza un estatus legal. Yo compré estas tierras legalmente.

Solo la mitad. La otra parte la ha ido usurpando. No tengo dinero para pagar a un abogado que me asesore acerca del grado de legalidad de sus acciones. Pero eso no explica el que haya impedido a la gente abandonar la isla, luego de usar sus servicios para construir su remedo de villa romana onda tecno.

No hay nada gratis en este mundo. Si no pueden pagar un pasaje de barco no es asunto mío.

Usted lo ha dicho— comentó fríamente Ulises —, si quiere vivir, deberá pagar el precio.

No entiendo que se proponen ¿Quieren dinero? Nunca llegarían a usarlo, los atraparían antes.

La risa de Ulises fue estruendosa. Grace notó con cierta extrañeza la relativa rigidez de sus facciones y una cierta torpeza en sus movimientos.

Qué poca imaginación. ¿No ha escuchado nada de lo que le dije? Aunque yo lograra irme, quedarían en la isla mi abuela y muchas otras personas. Sería muy egoísta dejarlos abandonados a su suerte. En fin. Deje que me presente: me llamo Ulises. Y he venido a pedirle que nos devuelva parte de nuestras tierras: lo suficiente para que los habitantes de la isla puedan reconstruir sus casas y vivir en paz.

Yo compré estas tierras y no pienso ceder un terrón de ellas a unos vagabundos. Si quieren una parcela deben comprarla, al precio que yo fije, claro está.

Imaginaba que esa sería su respuesta. No importa: la necesito con vida para negociar, pero eso es todo. Espero que no me cause problemas.

Si quiere mi dinero yo soy la única que puede dar la orden…

Ulises sonrió y negó con la cabeza:

Usted es mucho más valiosa que eso. Gracias a usted lograremos que nos escuchen.

¿Quiénes? ¿El congreso, el presidente? Soy únicamente una civil. Dejaran que me maten con tal de no negociar con terroristas.

No finja modestia. Por usted son capaces de negociar. ¿Sabe una cosa?, usaremos su espacio editorial en la tele.

Los sacaran del aire al instante.

Si lo hacen, usted morirá. Estarán advertidos desde el comienzo — Ulises hizo un gesto con la mano y dos de sus hombres se apostaron a ambos lados de la señora Teller. El se dirigió hacia la puerta no sin dedicarle una última mirada.

Bueno. Debo preparar algunas cosas. Ya vuelvo.

Pasaron varias horas. Grace Teller observó preocupada como sus guardias permanecían en silencio a pesar de sus preguntas. Al fin se resignó: no había nadie con quién hablar y por otra parte temía que sus guardianes se molestaran y cumplieran la amenaza de Ulises. De vez en cuando alguien revisaba sus signos vitales. Hacía años que la alimentaban por vía intravenosa y estos desconocidos al parecer lo sabían. Por un momento se preguntó si se atreverían a cumplir con las indispensables (pero desagradables) tareas de higiene. Para su sorpresa lo hicieron, con la indiferencia propia de enfermeros titulados. Sintiéndose un poco humillada no se atrevió a hacer comentarios.

La noticia de que “la señora”—así era conocida entre la gente— había sido secuestrada, corrió como un reguero de pólvora en las redes sociales de la Nación y llegó a la Confederación del Sur.

Los principales periodistas de la Confederación revisaban todos los rincones de la Web en busca de comentarios sobre el secuestro de “la señora” y hacían frenéticas llamadas a funcionarios más o menos informados, o con ansias de figurar. Entre ellos estaban Pedro Brunner, el especialista en Internacionales del canal estatal y María Laura Rodríguez, la especialista en Internacionales del canal Solo Noticias (el principal canal privado de la Confederación). Se encontraron en el aeropuerto de la isla adónde habían arribado después de interminables trámites y negociaciones de toda índole. Y aún faltaban varias más.

¿Usted por aquí? No sabía que estaba de vacaciones.

Yo también me alegro de volver a verla, señorita Rodríguez— Respondió Pedro Brunner, con voz meliflua y mirada irónica. Era un hombre de mediana edad, con la cara cruzada por arrugas, y una corta melena ondulada de color castaño. Vestía con sencillez y llevaba como único objeto de valor, aparte de sus materiales de trabajo, una alianza matrimonial. Cargaba además, con una anticuada libreta de papel y un bolígrafo con el cual realizaba frecuentes anotaciones.

María Laura frunció el ceño y se acomodó un mechón de pelo castaño, visiblemente molesta. Era una joven muy bonita, que sabía aprovechar sus encantos, casi todos a la vista en ese momento, aunque la causa principal de ello residía en el intenso calor reinante en la isla. Su interlocutor la contemplaba con una sonrisa burlona en los labios.

Supongo que ha venido a conseguir información sobre el terrorista que secuestró a la señora— dijo la joven con acento malicioso.

Sé algunos datos sobre Ulises, aunque ignoro que lo impulsó a tomar una medida tan extrema. Tampoco entiendo muy bien porque Grace Teller eligió esta isla, tan alejada de la City, como su country privado.

No la culpo. De seguro buscaba paz, tranquilidad y un buen clima. Este lugar parecía tener esas tres cosas— señaló, para luego agregar, como si la idea acabara de ocurrírsele—: había olvidado que es amigo de ese terrorista. ¿Lo entrevistó en un par de ocasiones, no es verdad?

La sonrisa de Pedro se hizo más amplia.

Con ese criterio usted misma pasaría a ser amiga de terroristas.

Con una mueca de fastidio, ella decidió ignorarlo: sacó su laptop y la encendió, mientras se felicitaba por su precaución de llevar siempre una batería extra.

Pedro revisó unos apuntes que había traído consigo. Tenían varias horas de espera por delante.

En la Nación el interés por la noticia contrastaba con su nula cobertura periodística. Nadie se atrevía a tomar el tema, pero viendo que en las redes sociales circulaban las especulaciones más descabelladas se decidió enviar al periodista estrella de la cadena News: Ronald Cox.

El presidente Robert Ball estaba furioso:

¿Por qué debemos esperar? Cada segundo que pasa envalentona a los terroristas. Bastaría un equipo de elite para desalojar la mansión.

Frente a él, el Director General de la News meneaba su cabeza calva con aire desolado:

La vida de la señora es preciosa. No es momento para reacciones histéricas.

Olvida que soy el comandante en jefe del ejército. Puedo dar la orden sin pedirle autorización a usted.

Un cargo menor en el que no durará mucho si sigue llevándome la contraria. La señora vale muchísimo más.

El presidente bajó la cabeza, resignado.

Deja que Ronald Cox hable con él— sugirió el ejecutivo — ya le he dado instrucciones precisas.

Robert Ball asintió en silencio.

En su despacho Manuel Francisco Ramírez, el presidente de la Confederación, revisaba unos papeles con aire nervioso. Como siempre que se ponía nervioso, transpiraba con profusión. Desabrochó un botón de su elegante camisa blanca con bordados mientras su esposa, Eva Russo, sentada frente a él, jugueteaba con su larga cabellera rojiza.

¿Secuestraron a Grace Teller? Nunca hubiera creído que tal cosa fuese posible.

Manuel intentó sonreír, pero no lo consiguió:

Ulises siempre ha sido imprudente. Y lo cierto es que no es nuestra jurisdicción. Es un problema que debería resolver la Nación.

Pero no podemos desentendernos del problema. Es muy cerca de nuestro territorio. No necesitamos un reforzamiento de la presencia militar de la Nación a pocos kilómetros de la frontera. Y hay cientos de miles de personas involucradas. Además están las Madres allí, como parte de una misión humanitaria.

Manuel asintió, pensativo.

Lo sé. Y eso no es lo peor. Cuando más tardemos en intervenir más grave se volverá la situación. En materia de negociaciones, el gobierno de la Nación prefiere disparar primero y preguntar después.

El verdadero problema es cómo lograr que nos incluyan en la negociación— observó ella mirándolo fijamente a los ojos. Manuel sonrió. Sus ojos verdes tenían un brillo pícaro.

Está “la señora” de por medio. Eso los hará más flexibles.

Tras pronunciar estas palabras, llamó por el intercomunicador a su secretario y le pidió que se comunicara con el embajador de la Nación Walter Palmer y con su propia embajadora en la Nación, Estela Morales.

Su intervención no fue bien recibida, pero la presión por salvar a “la señora” era muy grande. Terminaron aceptando una mediación conducida por la Secretaria General de la Confederación, Eva Russo.

Finalmente Ulises regresó. Parecía muy animado. La señora Teller se sintió aliviada al verlo.

Supongo que trae noticias.

Ninguna. Solo estuve haciendo algunos preparativos.

¿Tomando clases de actuación?

Con gesto desdeñoso Ulises rechazó la idea:

Yo no hablaré. No será una transmisión en directo.

No entiendo…

Trajimos algunas grabaciones, y nos aseguraremos de que las pasen. Ahí es donde entra usted, señora. La necesitamos como garantía de que no habrá interferencias o cortes inoportunos.

Un brillo malicioso asomó a los ojos de la señora Teller.

No tengo tanta autoridad.

Ulises rió a carcajadas ante esta afirmación.

Claro que la tiene. Usted es “la señora”. Entiéndame: no me importa lo que piense el gobierno. Ellos no moverán un dedo en su contra, pero tampoco llorarán por usted si la mato. Son sus empleados los que importan. Ellos harán cualquier cosa por salvarla. Yo no creo que usted valga la vida de nadie. Pero ellos sí, y yo la necesito para salvar a mi gente.

¿A qué empleados se refiere? No acostumbro a socializar con mis empleados, así que dudo que sientan mucho apego por mí.

Ya sabe: periodistas, pseudointelectuales…, los empleados de elite.

El comentario no pareció hacerle mucha gracia a la señora Teller, que preguntó con impaciencia:

¿La policía ya intervino?

Claro, uno de mis hombres está negociando con ellos en este momento. Pero creen que pedimos liberación de prisioneros individuales. No es así. Vamos a pedir por todos los habitantes civiles de la isla.

No colaboraré. Y no conseguirá de ningún modo que liberen a esos terroristas.

¿Necesita qué le explique su situación una vez más? Además, no necesitamos que diga o haga nada. Ya he enviado mis condiciones con una prueba de vida a todos los medios de comunicación. Y me han respondido.

¿Sacarán un manifiesto terrorista al aire? Están locos.

Lo harán por usted. Debería apreciar tanta lealtad.

Grace Teller reflexionó unos instantes. No estaba acostumbrada a perder el control. Esos desconocidos no deberían haber llegado hasta allí. Era sencillamente imposible no poder dar órdenes, pedir ayuda. Era absurdo que ellos … Una idea repentina cruzó por su cabeza.

¿Acaso esto es un montaje? Hacen esto para justificar el abandono de la Tierra, luego de mi “trágica muerte” a manos de terroristas. Saben que así asustarán a la gente, que pedirá a gritos migrar a la Ciudad.

Ulises negó con la cabeza.

No sé de que habla.

El mundo necesita de la Nación para que cuide el orden. Ni la misma Confederación sobrevivirá a la desaparición de la Nación. Es el último bastión de la civilización en la Tierra.

Solo quiero un hogar para mi gente, eso es todo.

Entonces no eres más que un idiota útil. Te están usando… ¿Acaso crees que lograrás algo con una transmisión? ¿Qué la gente pensará distinto con sólo oírte u oír a tus secuaces?

Al menos podrán oír otras voces. Es más de lo que tú les has dado.

La señora Teller lo miró con lástima. Hubiera deseado reír a carcajadas, ese joven era tan patético…

Y luego una conductora muy mona les dirá que todo fue una mentira de los terroristas. No escucharán otra cosa.

Ulises sonrió tristemente. Sabía que ella tenía razón, al menos en parte… pero quería salvar al menos a unos pocos.

Ya lo veremos. Por cierto, es muy tierno que llames terroristas a los niños que viven en la isla, que no son pocos.

 Solo es cuestión de tiempo, lo llevan en la sangre. Ah, y antes de que me lo diga: tampoco me conmueven las fornicadoras que se cargan de hijos antes de los veinte.

Aprovechan el tiempo. Es difícil para ellas superar los veinte en buenas condiciones. Pero las he conocido muy precavidas: iban al dispensario para pedir pastillas anticonceptivas y les daban pastillas de lactosa. Ya se imaginará el resultado.

¿Qué, son alérgicas al látex? ¿No es más fácil decir que no de vez en cuando?

Ulises se permitió una carcajada.

Olvida que no son las mujeres las que eligen. La mujer propone y el hombre dispone. Mi abuela se cansó de tener hijos y decidió cambiar eso. Se compró un revólver. Funcionó mucho mejor que las pastillas de azúcar. Solo tuvo un hijo más y fue porque el tipo en verdad le gustaba.

Grace cambió de tema:

Lo están transmitiendo ahora ¿Verdad?

Al fin está entendiendo.

Me gustaría ver qué cursilería eligieron.

De acuerdo, lo pondré para que usted lo vea.

Ulises hizo un gesto con su mano y uno de sus hombres encendió la televisión.—¡Apague eso! ¡No necesito oír más!

Lo sabía …

Ulises apagó la televisión y la miró:

Dejé la mejor parte para el final. Lamentablemente usted no la verá.

¿Qué quiere decir?

No importa, hablaremos después.

Ulises se fue dejando a la señora Teller furiosa.No podía creer que se usara su nombre para pasar un relato cursi e insulso: pequeñas anécdotas y entrevistas a la gente de varias infraciudades. Hablaban mujeres y niños contando las vicisitudes de la vida cotidiana. Aparecían hombres explicando porque habían tomado las armas, tratando de justificar sus actos violentos. Y lo más patético de todo: aquellas absurdas mujeres de anacrónicos pañuelos blancos explicando su labor allí.

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