Cuentos de un mundo descosido

Cuentos de cuya autoría soy culpable

La caída de los “brights”: los rebeldes a construir la Ciudad

Los condenados entraron, encabezados por Miriam. Miguel II la observó detenidamente y no pudo evitar sentirse impresionado. Era hermosa: sus cabellos rubios, su piel pálida, su ojos azules, la delicada figura… Una cita bíblica pasó fugazmente por su mente :
¿Cómo caíste del cielo, lucero brillante, estrella de la mañana?
Hizo un esfuerzo por romper el  hechizo. Se fijó en los demás condenados. Todos lucían monos anaranjados y estaban algo pálidos, pero lucían seguros de sí mismos y hasta desafiantes. Doce en total, seis hombres y seis mujeres. Una irónica coincidencia…
Richard Bradbury notó la confusión del papa y se apresuró a ordenar a los recién llegados que se sentaran.
Así lo hicieron. Miriam reconoció al Papa y se apresuró a saludarlo. Luego comentó:
— Es un honor verlo en persona. ¿Sabe? Mi madre lo admira mucho. Ella y mi padre son católicos practicantes…, hasta se casaron por iglesia y ¡de blanco!.
— Eso es poco común — sonrió el Papa — Imagino que quiere decir que ella, bueno… se mantuvo casta hasta el matrimonio. Es lo que simboliza el vestido blanco.
— Ignoro eso. Lo que sé, por haber mirado las fotos y los videos, es que los dos vestían de blanco. Y que eso los llena de orgullo. Pero lo que más los enorgullece ahora es que un compatriota sea el nuevo Papa.
Un brillo irónico asomó a sus ojos mientras agregaba:
— Supongo que agrega un nuevo título a una familia ya ilustre.
Tanto Richard como  Miguel la miraron sorprendidos. Entonces se vio obligada a explicar :
— Su apellido es Hawkins ¿Verdad?
Miguel asintió. El rostro de Richard Bradbury se iluminó:
— ¡Claro! Ese era el apellido de un gran  físico teórico del siglo XX…
— Me temo que se equivoca, ese era Stephen Hawking. La familia Hawkins se destacó en un arte mucho más antiguo e ilustre en Gran Bretaña que la ciencia: la piratería. John   Hawkins fue un famoso corsario a las órdenes de la reina Isabel Tudor.
Richard se rió estrepitosamente mientras un enfurecido Hawkins, que no se llamaba John sino Ernest,  se ponía muy rojo y balbuceaba que la juventud no tenía respeto por sus mayores y que sus insolencias eran imperdonables.
También los demás condenados se reían. Conocían las salidas de Miriam, pero aún así los había tomado por sorpresa.
— Y bien, señor Bradbury, explíquenos ¿Qué hacemos aquí? — preguntó, muy seria, Miriam Russell.
Miguel II escuchó, sorprendido esa pregunta. Miró con recelo a Bradbury que , ya más tranquilo, contestó:
— He pedido al presidente que los indulte. Y él aceptó.
— ¿Por qué?
Miguel II se apresuró a intervenir:
— Pierde usted su tiempo. Ellos no aceptaran. Son demasiado soberbios para aceptar gracia alguna.
—¿ Nos trajeron aquí para otro sermón? — protestó Pierre, que había permanecido en silencio hasta entonces —, ya hemos oído bastantes durante el juicio.
Miguel II los observó desdeñosamente a todos y dijo:
— Los siete pecados capitales en persona:gula, pereza, lujuria, envidia, cobardía, ira, y sobre todo, soberbia.
— Por favor, Su Santidad — reclamó Bradbury, viendo que la situación se le iba de las manos—, fui yo quién los convocó y no vinieron a ser juzgados, por justas que sean las acusaciones.
Mirando pensativamente a los condenados, fue señalándolos uno a uno mientras comentaba :
— Veamos, Miriam Russell ¿Verdad? Una física teórica muy destacada; Ernest Thomson, ingeniero experto en el diseño de materiales;  Alexandra Hollow, ingeniera y una de nuestras más brillante inventoras; Ivy Willow, experta en Física de sólidos; Marina Joliot, bioquímica; Eric Draper, químico; Marc Dawkins, biólogo; Lucien  Babbage, ingeniero informático,  Ada Grant, diseñadora de software;  Max Weiss, psicólogo ;  Pierre y Marie Bloch, médicos…
Todos asintieron al ser nombrados. Hawkins frunció el ceño como si se esforzara por recordar:
— ¿Dónde está Edward Hughes?
Miriam rió suavemente antes de contestar:
— Convencimos a Helena para que se lo llevara. Él es muy cabeza dura y no queríamos que lo mataran.
— Eso no importa —  intervino Richard, algo molesto — No necesitamos un historiador.
— No pensamos igual. Queríamos que se fuera porque lo consideramos importante —. Señaló Miriam.
— Además conseguimos asilo político para él y toda su familia en la Confederación, así que están todos a salvo — comentó Pierre.
— Sí, creo incluso que ampliaron un poco su familia, agregándole un par de hijos — rió Bradbury mirando a Pierre y Marie— ¿los suyos, tal vez?.
— Helena los cuidará bien  — respondió impasible Marie.
—También se fueron los hijos de Alexander— Agregó Bradbury.
— Investigó bastante—Comentó Miriam, pensativa — Sí, ellos se fueron después de la muerte de su padre. Son músicos bastante buenos y creo que no les irá mal en la Confederación.
— ¿Eran “brights”? — Preguntó sorprendido el Sumo Pontífice.
— No, como tampoco lo era su padre. De hecho, lo escandalizábamos bastante, pero nos defendía, porque no le agradaban ni el fanatismo, ni la estupidez — dijo Marc.
La mirada burlona de Marc sobresaltó a Miguel II. El Papa volvió a mirar al grupo, esta vez con desprecio:
— En la Divina Comedia figura claramente en que círculo estarían ustedes.
Si pretendía impresionarlos, no tuvo éxito. Se oyeron algunas risitas y respuestas por lo bajo:
— El séptimo.
— El quinto
— ¿Se puede estar en varios a la vez?
— Creo que te envían al peor posible, así que nos tocaría el noveno.
El Sumo pontífice escuchó indignado las alegres respuestas de los “brights” y vio con aún más enojo ciertos gestos que parecían destinados a molestarlo: Ivy se había sentado ostensiblemente en la falda de Marina, y Marc abrazó a Lucien.
Miriam se rió al ver la mirada horrorizada de Miguel II.
— Por lo visto me tocó el menos divertido de los siete pecados capitales—  Y dirigiéndose a Bradbury agregó— : señor Bradbury, aprovechando que el cerebro de Hawkins ha dejado de funcionar momentáneamente, ¿nos explica su plan?
Richard asintió:
— Oscar Sagan me ha dicho que los necesita para la construcción de la Ciudad. El precio del perdón es que trabajen en la Ciudad. Tendrán todos los recursos necesarios, pero no serán libres jamás. Eso es todo. Si no aceptan serán ejecutados.
— No aceptarán — insistió el Papa.
Miriam miró a los demás “brights” y estos asintieron. Luego se puso de pie y se acercó a Richard Bradbury.
— Aceptamos —  Dijo y le tendió la mano a Richard,que se apresuró a estrecharla, muy emocionado.
— Entonces, está todo arreglado — comentó sonriendo ampliamente — Llamaré al presidente.
El Papa Miguel II intentó protestar pero Bradbury lo ignoró. Mientras él sostenía una breve charla con el primer mandatario, Miguel II encaró a los “brights” con aire de superioridad.
— Galileo Galilei no tuvo el valor de morir por sus convicciones. En verdad ningún científico moriría por un teorema o una ley y eso muestra lo poco que valen las teorías científicas incluso para sus más fervientes defensores. Ahí está la debilidad moral de la Ciencia. Ustedes, a pesar de su grandilocuencia,  no fueron diferentes a sus antecesores.
— Si no aceptábamos era por soberbia, pero si aceptamos también es por soberbia. Tiene usted una mente inquisitorial, Su Santidad — Se burló Miriam.
Miguel II se encogió de hombros. En ese momento, Bradbury terminó su conversación e indicó por el intercomunicador que los llevaran para ponerse a las órdenes de Oscar Sagan.
Poco después sólo quedaban en el lugar Miguel II y Richard Bradbury.
— Su insolencia es increíble — se lamentó el Sumo Pontífice.
— Serán útiles a la Nación, eso es lo que importa.
— Espero que no se equivoque — murmuró resignado Miguel II .
— Piense que la Ciudad puede ser el refugio de sus sucesores.
— Si es así, prefiero no vivir para verlo.
El Papa Miguel II se retiró. Richard Bradbury sonreía satisfecho mientras bebía una copa de vino tinto.
— Hay que aprovechar tanto a los amigos como los enemigos; todo sea por el bien de la Nación.
Mientras salían del edificio los demás “brights” miraron preocupados a Miriam.
— ¿No estaremos haciendo invencible a la Nación? En el espacio tal vez ni siquiera la Confederación pueda hacerles frente.
— Ellos nunca estarán a salvo. Están presos del  miedo. La Ciudad no será más que una cárcel de lujo, y nosotros la construiremos. ¡Que la disfruten, si pueden!

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